Cuento muy Bueno lean lo!!

Tema en 'Sexualidad' iniciado por jocsan, 17 Oct 2008.

  1. joc

    jocsan
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    Mientras conducía el Opel Omega de regreso a Benicasim, Ernesto Casas, el chófer particular de los Beltrán, pensaba en todo lo ocurrido desde que cinco años atrás había cambiado de empleo.


    Ernesto Casas, tenía entonces veinticinco años, estaba soltero, y era conductor de camiones de Cerámicas Beltrán. Su metro ochenta de estatura, complexión de toro, moreno y atractivo, no le dio motivo para imaginar que un traslado de muebles de Valencia al chale:cool::arriba::arriba:t de Benicasim de su patrón iba a cambiar su vida por completo.


    Dos semanas más tarde de este traslado de muebles, el gerente de la fábrica de Cerámicas Beltrán, Fermín Mancisidor, lo llamó para decirle que el Gran Jefe deseaba verlo en su despacho. Por un momento temió lo peor, pero, que él supiera, no había dado motivo alguno para que lo despidieran; ni siquiera cobraba las muchas horas extras que hacía a la semana. Entró en el despacho sin acordarse de que llevaba la gorra de camionero puesta del revés, pero tampoco el Gran Jefe se fijó en el detalle.


    Simplemente le dijo si le interesaba ser su chófer particular. Se quedó tan sorprendido que no supo qué contestar. El patrón le indicó que su sueldo sería el mismo, pero dispondría de alojamiento y comida gratis y el trabajo no sería tan pesado. A cambio de todo esto tendría que estar disponible de día y de noche. Asintió con la cabeza mientras el Gran Jefe le indicaba que vestiría de uniforme con gorra de plato. Mudo de asombro, siguió asintiendo sin pronunciar palabra.


    — Eres mudo ¿o qué coño te pasa? – le espetó el Gran Jefe frunciendo el ceño.
    — No me pasa nada. ¿Qué tengo que hacer?
    — Cambiarte de ropa, coger mi Mercedes y pasar por la casa de uniformes de la calle Mayor. ¿Sabes cual es?
    — Sí, señor.
    — Que te tomen las medidas y que te hagan dos de color azul marino. Las gorras de plato ya te las pueden entregar ahora y que envíen la factura a la fábrica. ¿Tienes un traje oscuro?
    — Sí, señor.
    — Póntelo, ponte la gorra y pasa por la peluquería Llongueras a recoger a mi esposa. Ella te dirá lo que debes hacer ¿Está claro?
    — Sí, señor.
    — Ahí tienes las llaves del coche – comentó el Gran Jefe tirando sobre la mesa de su despacho dos llaves - Hala, ya te puedes largar


    Se cambió de ropa, subió al Mercedes y condujo hasta su casa comunicándole a sus padres su nuevo trabajo, indicándoles que no se preocuparan que ahora podría darles un poco más de dinero para ayudar a la pequeña pensión de jubilación de su viejo. La madre lloró un poco y el hijo le prometió visitarla varias veces a la semana. Ella le preparó una maleta mientras él se duchaba y se ponía el traje azul marino de los domingos. Metió la maleta en el portaequipajes, besó a los padres y se largó a su nuevo destino.


    Aquella tarde, después de pasar por la tienda de uniformes, entró en la peluquería de señoras con la gorra bajo el brazo como había visto hacer a los militares americanos en las películas, y se quedó plantado en la puerta. Cesaron las conversaciones, las peluqueras y las señoras lo miraron con la boca abierta y él, nervioso, apretó los labios hasta que oyó la voz de una mujer que no pudo ver por estar casi tapada por un secador.


    — Ernesto, salgo en seguida. Espere en el coche.
    — Si, señora – respondió, dando media vuelta.


    El gallinero volvió a alborotarse cuando cerró la puerta. Imaginó que tendría que esperar media hora larga. Encendió un cigarrillo paseando arriba y abajo y guiñándole el ojo a cuanta chavala se quedaba mirándolo. Tiró la colilla y se disponía a sentarse en el Mercedes cuando se abrió la puerta de la peluquería. Una rubia, ondulada como una guitarra, lo miró fugazmente. Le pareció conocida pero no se atrevió a preguntarle nada hasta que ella comentó:


    — Ernesto, abra la puerta, por favor.
    — Si, señora, perdone – respondió azorado


    Se sentó al volante esperando que ella le indicara lo que tenía que hacer. La miró a través del espejo retrovisor. Tuvo que desviar la mirada porque los grandes ojos color avellana de la mujer lo ponían nervioso. Se estiró con el índice el cuello de la camisa y ella, adivinando su azoramiento, preguntó:


    — ¿Le pongo nervioso, Ernesto?
    — No... digo sí, un poco.
    — ¿Por qué?
    — Pues... no sé por qué, señora.
    — ¿Le ponen nervioso las mujeres?
    — En absoluto – respondió mirándola fugazmente.
    — Ya. ¿Sabe en donde está el Instituto?
    — Sí, señora.
    — Vamos a buscar a la niña.


    Arrancó despacio concentrándose en conducir. El coche era una filigrana y nada tenía que ver con los camiones. Él estaba ahorrando para comprarse uno de segunda mano, pero nunca sería como el que ahora conducía. Se dio cuenta de que cada vez que miraba por el espejo retrovisor encontraba los ojos de color avellana fijos en los suyos. <<Es muy guapa la condenada y tiene mirada de pantera hambrienta. Si te coge en la cama te destroza – pensó procurando mirar por el retrovisor lateral – ¿Treinta y cuatro? Quizá menos. Vaya bombón que se jala el muy cabrito de Apolinar. No hay como tener dinero, amigo.>>


    Mientras esperaban a la puerta del Instituto a que la niña saliera, ella volvió a preguntar:


    — ¿Se ha encargado los uniformes?
    — Sí, señora.
    — En el coche, cuando venga conmigo a solas, no es necesario que lleve la gorra.
    — ¿Me la puedo quitar? – preguntó, mirándola agradecido. Notaba el cabello húmedo de sudor.
    — Claro, hombre, tiene un pelo muy bonito, aunque demasiado largo, casi se le pueden hacer trenzas. ¿Le importaría cortártelo un poco más?.
    — Lo que usted ordene, señora.
    — Yo no le ordeno nada. Sólo digo lo que me gustaría que hiciera.
    — Sus deseos son órdenes, señora.
    — ¡Vaya, quien lo diría¡ Pues muchas gracias, Ernesto. Y por cierto, ¿se ha hecho alguna vez la manicura?
    — ¿La manicura? – preguntó, mirándose las manos que se había esmerado en limpiar al máximo.
    — Si, hombre, tiene unas manos muy varoniles, pero muy mal cuidadas.
    — Es que hasta ahora era camionero.
    — Ya lo sé, pero a partir de ahora sólo será mi chófer. ¿Entiende?
    — Sí, señora.
    — Me parece que no, pero ya lo entenderá.


    La miró y lo que vio en la mirada de los ojos color avellana lo hizo parpadear. Ella sonrió levemente ante su cara de desconcierto.


    — ¿Tiene novia? – volvió a preguntar.
    — No, señora - ¡joder!, pensó, o mucho me equivoco o está va derecha al grano.
    — Me alegro. En el chalet tendrá una habitación en el segundo piso, encima de la mía, y separada de las del personal de servicio. Hay dos chicas jóvenes, Martina y Elvira, bastante agraciadas. Desearía que se mantuviera alejado de ellas ¿Lo hará?
    — Haré lo que usted desee, señora.
    — Gracias, Ernesto.
    — Las suyas, señora.
    — ¡Caramba! Nunca me lo habían dicho así, pero es muy agradable oírlo.
    — La verdad siempre es agradable, señora.
    — ¡Vaya con Ernesto! – exclamó la mujer riendo suavemente - Menudo Don Juan está usted hecho. Me parece que con esa labia debe traerlas de calle.
    — No lo crea, tengo poco tiempo, o tenía, por lo menos.
    — ¿Es que no le gustan las mujeres?
    — ¡Bueeeno!, para qué le explico – comentó soltando sin proponérselo un suave silbido. Ella rió suavemente.
    — ¿Fuma? – preguntó sonriendo, al tiempo que sacaba un paquete de Marlboro del bolso.
    — Demasiado, me parece.
    — ¿Marlboro?
    — No, Ducados, no puedo permitirme tanto lujo.
    — Tenga, un Marlboro.
    — En el coche no sé si debo...
    — Vamos, por favor, no me gusta fumar sola.


    Cogió el cigarrillo del paquete que le alargaba buscando el mechero pero ella se adelantó encendiendo el suyo. Percibió el suave perfume de su rostro rozando el suyo al adelantarse para darle fuego. Su mano era de una perfección increíble, fina y elegante. Giró la cabeza levemente y encontró sus ojos tan cerca que hubiera podido besarlos sin necesidad de moverse, pero se mantuvo quieto y ella se apartó sonriendo. <<Así Dios me salve – se dijo inhalando el humo – si esta tía no tiene más hambre que Carpanta.>>


    — Baje las ventanillas, por favor.


    Hizo lo que le pedía apretando los botones automáticos y expeliendo el humo hacia la calle. Ella hizo lo mismo y durante unos momentos se mantuvo en silencio. Luego comenzó a preguntarle si le gustaba la televisión y qué programas, aunque suponía que las películas del oeste, de guerra y policíacas serían sus preferidas. Contestó que si, que le gustaban, siempre que tuvieran buen argumento, estuvieran bien interpretadas y bien dirigidas. Luego quiso saber si le gustaba un programa de la televisión valenciana que emitían los jueves por la noche y en la que intervenían periodistas y personajes muy conocidos.

    Le respondió que, sinceramente, le parecía horroroso que aquellas personas pusieran a debate sus vidas íntimas por un miserable puñado de monedas. Aquello era sólo tele basura. No le gustaban los chismorreos ni de la alta ni de la baja sociedad. Ella pareció muy complacida y le preguntó si sería capaz de guardarle un secreto.


    — Señora – respondió apagando su cigarrillo – dejará de ser secreto en cuanto me lo diga.
    — Quizá porque piensa contarlo en cuanto tenga ocasión.
    — No, se equivoca, señora. No me gusta la gente chismosa. Pero ya no será su secreto si me lo cuenta.
    — Pero yo quiero que lo sepas sólo tu – comentó ella entornado los ojos y tuteándolo.
    — Muy bien. Aquí se quedará – respondió, girándose en el asiento
    — Se trata de mi marido. Me tiene completamente abandonada, ¿sabes?
    — Bueno, Don Apolinar tiene muchas responsabilidades y muchos negocios que atender – respondió cautamente.
    — También los tenía cuando se casó conmigo. Ahora es que ni siquiera sabe que estoy a su lado en la cama. Claro que es doce años mayor que yo, pero eso no es el motivo del abandono. No, no es por eso, sino porque tiene varias amantes.


    Los chicos del Instituto salieron en tropel en aquel momento evitándole a Ernesto el compromiso de tener que responder, pero se dijo que su rubia jefa tenía ganas de ponerle los cuernos al marido y no se andaba por las ramas. Nada de tantear el terreno ni de perder el tiempo, debía andar muy caliente porque las insinuaciones no podían ser más directas.


    Una niña rubia de doce o trece años muy desarrollados se acercó corriendo al coche y Ernesto bajó para abrirle la puerta. La niña lo miró descaradamente.


    — ¡Ah! – dijo sonriendo a su madre – Así que éste es el chófer que te interesaba. Me lo imaginaba, porque desde que lo viste descargando los muebles no has parado de darle la tabarra a papá.
    — Niña, haz el favor de subir y no ser tan descarada – comentó la madre, y por el tono en que la reprendió el chófer comprendió que le importaba un ardite el descaro de la hija.
    — Mamá, pero si es un bombón, mujer. ¡Y qué tipazo! – comentó, soltando la carcajada – Oye, ¿cómo te llamas?
    — Ernesto, ¿ Y tú?
    — Bea, Beatriz, como la de Dante Alighieri. ¿Sabes quien era?
    — Claro, mujer – respondió poniendo el coche en marcha – La Divina Comedia y todo eso ¿No? ¿A dónde, señora?
    — A Benicasim – respondió la madre mirándolo con ojos risueños.


    El tono que utilizaba para reprender a su hija le pareció extraño. No demostraba enojo ni enfado. La muchacha, sin hacerle caso y con todo el descaro propio de su generación, soltaba cada disparate que valía un Credo. Ernesto se enteró de que la madre tenía tan solo treinta y cinco años, que necesitaba un amante, porque el padre también tenía tres y la mataba de hambre. Ernesto callaba y miraba a la madre de cuando en cuando, pero ésta, se limitaba a mirarlo y sonreír, mientras la chiquilla hablaba como una cotorra sin el menor recato. Y al final soltó:


    — Mamá, no seas vergonzosa mujer, mira que si tu no lo aprovechas lo haré yo. ¿Verdad que te gusto, Erny?
    — Claro, aunque eres muy niña todavía.
    — Pero soy tan guapa como mamá ¿verdad?
    — Que más quisieras tú – respondió sinceramente y por la mirada que le dirigió la madre a través del espejo supo que acababa de metérsela en el bolsillo.
    — Vaya, pues sí que eres galante – recriminó la niña.
    — Cuando seas mayor, seguramente serás tan guapa como ella – respondió contemporizando.
    — Ya, de todas formas procura guardar algo para esa fecha. No te lo gastes todo con ella – comentó riendo a carcajadas.


    Ernesto pensó que si aquello ocurría a las pocas horas de comenzar el trabajo, no quería ni pensar lo que ocurriría al cabo de un mes. Tendría que andar con mucho tino. Le gustaba el trabajo; era mucho más descansado que el anterior; podía ahorrar el sueldo casi íntegro y sería una lástima que perdiera el empleo por no saber desenvolverse entre aquella gente. Que el marido tuviera tres amantes era una cosa, pero que la esposa lo imitara era otra muy distinta.


    Tampoco podía desairar a la señora si, tal como imaginaba, deseaba acostarse con él. Al fin y al cabo, quien le había proporcionado el empleo era la mujer y no el marido, pues éste se había limitado a complacer a la esposa cuando le solicitó un chófer y no era normal que lo hubiera hecho para que la esposa tuviera un amante en compensación por las tres que tenía el marido.


    Ernesto fue muy bien acogido por el resto de la servidumbre. El jardinero, Pedro, un hombre entrado en años que trabajaba el jardín tres veces por semana, era el único que no dormía en la casa pero se hizo muy amigo de Ernesto y por él se enteró de que el amo era poco menos que un sultán en medio de su harén particular.


    Desde Germana la cocinera, una joven viuda sin hijos, asturiana de nacimiento, pasando por Elvira la doncella de la señora, una aragonesa de Calatayud, joven y guapa y terminando en Martina, la otra doncella de la casa, natural de Ciudad Real, tan atractiva y joven como Elvira pero mucho más ardiente, todas se abrían de piernas ante el amo y señor del serrallo que, lógicamente, con tanta mujer a su disposición poco o nada podía atender a la suya y menos pasados ya los cincuenta años.


    El viejo Pedro sonreía torcidamente cuando le comentaba a Ernesto que ninguna de ellas sabía cuando tenía que quitarse las bragas porque el señor era tan caprichoso que igual las utilizaba a todas en un día como se pasaba tres días tirándose a una solamente, y el muy cabrito no lo disimulaba, le daba igual que lo supiera la esposa, los hijos y el obispo de la Diócesis.


    Llamaba a su despacho a la que le apetecía, y al cabo de media hora la soltaba, cuando no se pasaba con ella más de media tarde haciendo encaje de bolillos. Pero esto, para Ernesto, no significaba que fuera a permitirle a la mujer que le pagara en la misma moneda, aunque Pedro creía que al gran jefe le importaba poco que tuviera un amante, siempre que guardara las formas y no fuera del dominio público.

    Y Bueno Ustedes se inmagina Como sige la historia no ???

    Mejor relaten Como termina la historia para ustedes !!:arriba::cool:
     
  2. pin

    pingonchon
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    Recluta

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    nadie te dara su valioso tiempo en leer toda esa basura que perdida de tiempo coño!!!!
     

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