HizToria De Miedo 4

Tema en 'Casos Paranormales' iniciado por iTzSkyper, 6 Jun 2011.

  1. iTz

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    Teniente Coronel

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    ¿Lo que era natural en mí, es natural en otras personas?, Herbert pensó. En otra ocasión, vio escrito que todo el mundo debía ser el héroe de su propia vida. Estaba en lo cierto. Herbert Oswoold era un anciano que vivía en una gran casa, en un pequeño pueblo. Sabía lo suficiente de la vida y había perdido la capacidad de ser sorprendido por nada. El era un hombre rico y peculiar, la maravilla de su pueblo durante largos años, y sus viajes y la fortuna que ganó como un escritor se había convertido en una leyenda local. Herbert fue generoso con el dinero, pero él no tenía amigos cercanos y vivía solo. Su vida era muy simple, con algunos vicios que la mayoría de las personas no estaban dispuestas a perdonar y una habitual costumbre: le gustaba fijarse en el humo de su pipa, mientras se abandonaba al silencio y a la soledad, perdido en sus pensamientos, al parecer, con los ojos cerrados. Entonces aprovechaba esos momentos para avivar las brasas de su chimenea, mirando fijamente el rojo vivo de las llamas.
    Una mañana, después de un buen desayuno, el Sr Oswoold estaba sentado frente la ventana abierta de su sala de estar. La calidez del sol iluminaba todo aquello que atraía su atención, hasta que el cielo se nubló de repente, cuando cayó un pesado silencio en la sala. Hacía frío en la calle, en donde estalló una tormenta de repente que no paró durante un minuto. Vio más niebla en el día de hoy de lo que él había visto en un año, y como él miraba por la ventana, observó que su vieja casa podía caerse abajo de un momento a otro, pero en la sala de estar seguía siendo agradable y cálida. El anciano se dirigió a la chimenea con una atizador en la mano, para avivar las brasas y mantenerlo caliente. Todo estaba en calma, salvo que él podía oír la lluvia en las ventanas.
    Es una mala noche, Herbert pensó. No es bueno salir afuera.

    Por la noche, la luna creciente se ocultaba lentamente; entonces, parecía el mejor refugio que la imaginación del hombre podía concebir. Para escuchar el viento fuera, sin que no hubiese otro casa en las cercanías y la soledad de sus pensamientos dominara a su alrededor. En este punto, podía sentarse en el salón con la silenciosa compañía de su libro, mientras él estaba fumando su pipa. Fue pensando en el que estaba escribiendo, su primera novela de ficción cuando oyó un ruido. El anciano se levantó de la silla y se dirigió a abrir la puerta delantera. La calle estaba oscura y no parecía haber nadie. Más tarde, el ruido volvió otra vez. Entonces corrió abajo, de nuevo en la sala de estar y él cerró la puerta detrás de él.

    ¿Qué es eso? Gritó.

    La luz murió y la habitación quedó sumida en la oscuridad. La ansiedad fue tan intensa que podía escuchar su corazón golpear en su seno. De repente, vio un rostro que le miraba desde la calle y que pasó de una ventana a otra. Rápidamente, Herbert miró de nuevo, pero no había nadie allí.

    Por una razón u otra, lo que pasaba esa noche le entumeció, sumiéndole en unos recuerdos que el casi había borrado de su subconsciente. Echando la mirada atrás, el reconoció que nunca llegó a sentir lo que vivió en su infancia, cuando vivía en otra casa antigua en una gran ciudad. A veces no era fácil recordar y confiar en una memoria imperfecta.

    Durante mucho tiempo, tenía una buena amiga, Helen Swift. Estaban siempre juntos. En los días de verano, se iban a nadar para refrescarse, mientras que en los nevados días de invierno, se pasaban las horas muertas jugando en la nieve. Helen deseaba aprender todo lo que tuviese a su alcance, tenía una gran vitalidad, pero ella era una niña enferma y sus padres pensaron que llevándola a una pequeña ciudad, su salud se vería recuperada. Así, fue, ella se fue curando lentamente de su dolencia cuando se hicieron amigos.

    Una tarde, llegó a su casa y el joven Herbert fue conducido al jardín. Ella estaba sentada en la terraza, con vistas a la piscina y un amplio césped que cubría la espesura del jardín. Se trataba de una sombría tarde. Helen se alegró de verle, y él confesó que esos eran sus mejores ratos del día, pero que no podría visitarla siempre. Le iban a enviar a un internado durante un año y no volvería al pueblo hasta el verano.

    ¿Cuál es tu deseo favorito, mi niño? dijo Helen, de repente.

    El no la entendió. Ella sólo pedía una pregunta, pero realmente su carácter se fue agriando y acabó llorando desconsoladamente. Herbert escuchó su llanto, mientras que le pedía perdón por su falta de tacto, por el daño que la había causado. Le resulta muy difícil tener que apartarse de su lado, mientras hacía un descubrimiento: ella no estaba siendo tan feliz en ese lugar como los demás pensaban. Helen no fue especialmente feliz, pero estuvo, por muchos motivos, particularmente atenta. En esa ocasión, ella estaba muy pálida, sintiendo como su dolor fue creciendo poco a poco, junto a un frío mortal que se extiende desde sus hombros y la cara. Se sentó en la cama y cantó una canción lenta con una suave voz. Y, mientras de desprendía las palabras de sus labios, su cabeza cayó sobre su pecho y murió. Hasta ese momento, el pequeño Herbert creía impensable que se pudiera morir de tristeza, de su dolor en el alma.

    El suceso fue comentado en el barrio y en todo el pueblo. Durante un mes, la opinión general fue que ella había muerto por haber enloquecido. Algunas personas se sintieron conmocionadas por lo que le ocurrió a la pequeña, pero su historia no fue recordada mucho tiempo. A medida que pasó el tiempo, empezaron a olvidarla.

    ¿Cuál es tu deseo, mi niño?

    La oscuridad volvió y el viejo Herbert corrió escaleras abajo, pero tropezó a lo largo de la empinada caída de escalona. Debió caer desmayado, pero no supo cuánto tiempo permaneció allí. Por un momento se preguntó sobre lo sucedido, pero pronto lo recordó y le sumió el miedo. Si antes el Sr. Oswoold se veía excitado, ahora le estaba dominando una sensación de terror sobre todo al verse en medio de la profunda oscuridad, calándole el frío hasta los huesos. Herbert luchó por serenarse, pero le fue imposible verse libre de ese miedo que le envolvía, cuando para colmo de males vio sombras en la oscuridad. Igualmente puso escuchar ligeramente una voz, que pronto se detuvo, devolviéndole a ese silencio sepulcral. Entonces fue cuando miró hacia atrás y quedó atónito.

    En ese momento el Sr Oswoold escuchó el portazo de una puerta y unas pisadas por el pasillo. Estaba fuera de sí, cuando se apresuró a cerrar la puerta. La voz repitió la pregunta, palabra a palabra. Hasta que un gran ruido le dio un vuelco al corazón.

    ¿Qué fue eso?, gritó el anciano.

    Hubo una cascada de risas y todo comenzó a temblar. De repente, la sombra avanzó lentamente, pero en la oscuridad se convirtió en una forma terriblemente clara. Vio una vívida visión de una niña, vestida en pura inocencia, cuya voz sonaba triste y suave.

    Herbert levantó sus brazos, estupefacto, en un gesto de rechazo. Mientras ella seguía allí, caminando delante de él, y permaneció allí algunos minutos. Durante este intervalo, observó la expresión en su rostro, y sus ojos, todavía se fijaban en él.

    Entonces el anciano se hizo una perfecta idea de lo sucedido, del progreso de su vida, desde la infancia, justo ahora que reapareció el pasado después de su larga ausencia. Por un momento, ella caminó en silencio hasta que el fantasma de la niña empezó a hablar.

    Sólo se trata de mentiras. Estoy segura de eso.

    Ella no se equivoca. En ese momento, esa vieja amiga de la infancia regresó del pasado para hacer justicia. De repente, la luz de la chimenea volvió a brillar con su llamante luminosidad, la habitación se tiñó de la penumbra y el viento frío hizo nuevamente acto de presencia.

    ¡No te asustes! Dijo la pequeña.

    Hubo una pausa más larga que de costumbre

    ¡No te asustes! Ven conmigo.

    Un profundo silencio pareció extenderse, como si se tratara de un soplo de viento que atravesara puertas y lugares remoto, cuando el terror pavor se hizo dueño de él. Las manos las sintió frías y prietas. Quiso escuchar, lo que fuese pero no había sonido alguno, ni siquiera imaginaba el eco de sus pisadas, excepto la voz del fantasma. "¡No tengas miedo!".

    La siguió y atravesaron unos pasillos y quiso sentir algo más que sus propias pisadas. Mientras la misma oscuridad le iba envolviendo cuando ascendían las escaleras, nada más que la luz del fantasma. Se podía oír la voz de la niña, el murmullo de sus palabras, que sonaban como un eco vacío. Por primera vez, el aire lo sintió cálido. Luego tuvo una impresión extraña y hubo un sonido pesado, hasta que en la parte superior de las escaleras parecía como su una puñalada de luz blanca le atravesase.

    Por un momento, se detuvo y junto a él, le alargó un objeto, un pequeño espejo.

    Mira en el reflejo, pidió el fantasma.

    De repente se aclaró el cristal y vio una breve pero muy vívida imagen, la de sí mismo caminando nerviosamente por su sala de estar, sintiéndose la lluvia golpeando en las ventanas. Luego hubo una pausa, y después muchas escenas rápidas seguidas hasta poder ver de nuevo su propia imagen. Por un momento, vaciló y quedó sin habla, con la garganta seca y quemándole por dentro. Herbert se miró a sí mismo, en el reflejo, con horror. Vio como su cuerpo se iba reduciendo a la nada, como sus ropas se convertían en trapos y de él no quedó más pequeño rastro de la calavera.

    Ese es el final. Dijo la niña.
    ¿El final? ¡No!.

    El fantasma rió con una repentina risa. Ella dejó caer su mano, el espejo se estrelló contra el suelo y la niña rió de nuevo. Herbert deseó que ese no fuera su desagradable final, pero supo que era inevitable. Entonces, se apresuró, corrió hasta desaparecer en la oscuridad.
     

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