Leyendas urbanas part 2

Tema en 'Casos Paranormales' iniciado por naki123, 4 Mar 2009.

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    naki123
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    No habras nunca la puerta

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    [FONT=Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif]Hace 2 años, estaban en su casa, tan tranquilos, María, una señora de 40 años que se había divorciado recientemente, con su hijo pequeño de tan solo 8 años. Como era de costumbre María se tenía que ir todas las noches a trabajar, debido a que era una mujer con muchas responsabilidades (tanto en su trabajo como en su casa). Pero aquel día sería muy diferente al resto de los demás; ya que, cuando se encontraban cenando vieron en las noticias que un asesino en serie, muy peligroso y agresivo había escapado del centro penitenciario de la ciudad. Lo más grave de la noticia no era que este interno hubiese escapado, lo peor era que había sido visto pocas manzanas cercanas del hogar de la familia. Esto provocó la incertidumbre de María que al irse al trabajo tenia que dejar a su hijo solo en casa. Maria para prevenir desgracias cerró las ventanas, puertas, y le explicó lo siguiente a su hijo: No habrás ninguna ventana ni las puertas. Aunque llevo las llaves, por si ocurre algo, yo llamaré 3 veces seguidas al timbre o simplemente me reconocerás por la voz y entonces sabrás que soy yo. Llegado el momento, María se fue a trabajar y dejó a su hijo solo. Éste, lleno de miedo, cerró la puerta a cal y canto y se puso a ver la tele para relajar la mente. Al cabo de rato, el chico ya estaba dormido cuando de pronto llaman a la puerta. POM...POM....el chico se despertó y aterrado se dirigió muy despacio hacia la puerta y dijo: ¿Eres tú mamá? La respuesta vino con otra serie de golpes acompañados de un susurro escalofriante que decía: JABREME DA PUETA. El niño atemorizado huyó hacia su habitación donde se pasó la noche llorando y esperando a que llegase su madre, hasta tal punto que se quedó dormido. Al día siguiente cuando se levantó se dio cuenta de que su madre no había vuelto. Y aún con miedo se dirigió a la puerta que conducía a la salida de la casa y se encontró a su madre con las piernas cortadas (por lo que no pudo llegar al timbre), la lengua cortada (por lo que no le pudo reconocer la voz) y totalmente ensangrentada. Desde ese día este chico tuvo que estar hospitalizado en un psiquiátrico y no pudo dormir sin sufrir constantes pesadillas........ Y si os preguntáis por que sé, es por que, simplemente, soy ese niño.


    Moraleja: Ten cuidado con todas las puertas que te encuentras por el camino. Algún día te puede suceder lo de este relato. Muy curioso y escalofriante
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    Cosas Negras
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    [FONT=Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif]El día que empezó todo no había desayunado y por eso decidí saltarme una clase.

    Los bocadillos de tortilla de la universidad eran absolutamente sublimes, y como soy de buen comer, me compré dos.

    Bien, mis hacendosos compañeros de clase no quisieron perderse la interesante clase de “Teoría de la literatura“ así que acabé yo sola sentada bajo un árbol comiendo y contemplando el paisaje.

    Tengo que reconocer que pese a mi alergia a madrugar e ir a la universidad, la zona en la que se encontraba mi facultad era de una hermosura digna de ser observada; parecía un cuadro del paraíso pintado por Velázquez, una auténtica obra maestra. Extensiones verdes de césped y setos pulcramente recortados decoradas con inmensas fuentes de aguas cristalinas y azuladas con nenúfares flotantes (extraños nenúfares con motas color púrpura).
    Los días nublados o lluviosos (o sea, la mayoría viviendo en Galaecia) no se apreciaba la belleza de aquello en todo su esplendor, pero aquel día de mayo un cielo totalmente despejado enmarcaba aquel cuadro confiriéndole una belleza sobrenatural.
    Allí me encontraba yo, sentada sobre mi cazadora vaquera a la sombra de un lánguido sauce llorón observando cuanto ocurría a mi alrededor, cuando vi aquella cosa negra.
    La vi por pura casualidad, lo juro, y si aquel día no hubiese estado sola, supongo que ni me habría percatado de su presencia.

    Pero la soledad y el aburrimiento nos obligan a recrearnos en los sentidos, y en un día tan soleado mi visión corría libre por los campos, atenta a cada ínfimo detalle del cuadro.
    Primero me pareció un cuervo, pero un cuervo muy pequeño, como una cría torpe caída del nido tratando de volar. Entrecerré los ojos tratando de agudizar mi campo visual y entonces le encontré un sinfín de formas: una pequeña serpiente enroscada, un ratoncillo, un gatito… pero siempre con aquellos movimientos espasmódicos tan peculiares, que me hacían saber que se trataba de un ser vivo. No muy lejos de la extraña cosa negra, el hombre de las papeleras hacía su ronda habitual, despertando risas y burlas a su alrededor.
    He de reconocer que mis amigos y yo también nos habíamos echado unas risas a su cuenta en más de una ocasión, motivo por el que ahora me avergüenzo.

    “El de las papeleras” era el típico hombre apocado, imberbe a pesar de sus casi cuarenta años, escuálido hasta dar lástima y con unas desproporcionales orejas de soplillo. Su nariz semejaba una berenjena, siempre colorada y a menudo coronada por un par de diviesos.

    (¿Cómo se puede ser tan cruel?)

    La mirada esquiva e insegura del “hombre de las papeleras” (que por desgracia tiempo después descubrí que se llamaba Martín Gálvez) era un frágil libro abierto, un libro que narraba historias sobre insultos, burlas , agresiones injustificadas y profundos sentimientos de impotencia, pena y rabia. Relataba que toda la vida le habían isolado por su aspecto, que no había sido el atlético y valiente hijo que todo padre machista anhela para continuar la raza. Decía, además, que la única persona que le había dado amor era una mujer terriblemente poco agraciada que compartía en silencio, al igual que él, el rechazo social al que se somete a aquellos que se encuentran a años luz de los modelos estéticos contemporáneos y que no disponen de una personalidad lo suficientemente fuerte como para afrontar tales desplantes sociales. Esa mujer le había dado dos engendritos nacidos de un amor profundo y solitario.

    Pues “el hombre de las papeleras”, (también conocido como “friki”, paleto, engendro, dumbo… y un montón de apelativos por el estilo, cada cual más humillante) hacía su ronda diaria, que consistía en barrer las hojas secas y demás desperdicios y vacíar las papeleras que rodeaban el campus, cuando la cosa negra se le subió encima.

    Es curioso como nuestra mente engaña a los sentidos, (tal y como decía Descartes) De qué modo tergiversa lo que está percibiendo. Me había parecido muchos animales distintos, pero cuando saltó sobre su hombro, me pareció ver con toda claridad una especie de tarántula, un arácnido aberrante de color azabache y… ¡brillante! Como la piel de las serpientes.

    Aquella cosa, como más tarde comprendí, no tenía forma, por lo menos no una forma inteligible para la vista humana, para la MENTE humana.
    Se trataba de un ser parecido a una babosa informe, eso sí, de un color profundamente oscuro, y no mate.

    Bien, pues aquella cosa reptó con aquella forma de arácnido repugnante y, ante mis atónitos ojos y mis paralizados músculos, se le introdujo lentamente en la oreja.
    Mientras esto sucedía, yo no daba crédito a lo que estaba ocurriendo, ni cómo era posible que el “hombre de las papeleras” ni se inmutase ante
    Tal invasión de su cuerpo.

    Miré a mi alrededor en busca de complicidad, de alguna persona boquiabierta con quien contrastar la visión, y vi un grupo de chicos (dos morenos y uno rubio) sentados cerca de mí, despistados, repasando unos apuntes.

    ¡Eh! ¡Chicos!

    Los jóvenes me miraron con la boca cerrada y mirada sorprendida.

    ¿Habéis visto eso? ¡Mirad al de las papeleras!

    Al mismo tiempo que ellos, yo también miré a Martín, y observé (con alivio) que aquella cosa todavía seguía allí, esforzándose por penetrar en su oído de una forma lenta y espeluznante.

    ¿Cómo no se da cuenta?
    Sí, es un inepto, el cartel se lo colgaron los de ciencias hace una hora, y ni se ha dado cuenta.

    ¿Cartel? ¿los de ciencias?

    Efectivamente, observé que en la espalda tenía un cartel adherido con una tira de papel adhesivo que rezaba: ENGENDRO

    ¡No, no! ¡me refiero a esa ****** que tiene en la oreja!

    Miraron curiosamente al pobre de Martín.
    A mí me miraron con incredulidad.

    ¡Pero si es enorme! Es del tamaño de una **** rata por el amor de dios…
    Pues yo no veo nada dijo el chico rubio.
    Ni yo Dijeron los morenos al unísono, y rompieron a reír.

    Me di cuenta, con horror, de dos cosas:
    La primera, que sólo yo podía verlo y que ni la propia víctima notaba su presencia.
    La segunda, que aquel horrible ser estaba desapareciendo en el interior de su oreja.
    No puedo creerlo. Se le está metiendo dentro del todo.
    ¡******! Es imposible que una cosa tan grande quepa por un orificio tan pequeño.

    Me armé de valor y me acerqué a aquel que en otro tiempo había sido blanco de mis burlas, con el simple propósito de ayudarle, sintiendo una mezcla entre vergüenza y obligación.

    Eh… esto… Tienes un bicho o algo en la oreja… se, se ha metido en…
    ¿Qué? ¿eh?


    Me miró con profunda desaprobación. Era una costumbre que los chicos se acercasen a él con recados de su pandilla o por perder alguna apuesta. Pero que una chica con apariencia dócil se burlase de él tan directamente… aquello era harina de otro costal.
    Parecía abatido, y lo estaba. Se dio la vuelta, cogió su carrito y se alejó sin más.
    Me di cuenta de que era inútil. No iba a creerme, sólo yo veía aquello. Necesitaba ayuda urgentemente.


    II

    Todavía aterrada por la terrible visión y por el hecho de ser consciente de estar sufriendo una posible enfermedad mental, acudí con apremio al orientador de la facultad que, tras oír mis balbuceos ansiosos, me derivó a la psicóloga del centro.

    Le conté lo de la visión, la nitidez de la alucinación y que nunca antes había sufrido trastornos psiquiátricos. Ella me miraba con esa expresión que de tan calmada parecía provocada por estupefacientes, esa que tienen la mayoría de los psicólogos y los testigos de Jehová.

    Inspira –hizo una breve pausa expira.

    ¿Qué me está pasando?

    Nada que no se pueda resolver si tratamos de reforzar tu autoestima.

    Me sonrió de un modo que me daba miedo, con los ojos achinados y expresión de absoluta evasión. No creía que aquella psicóloga de manual pudiese ayudarme.

    Estás en época de exámenes, ¿verdad? Cuando las personas se encuentran sometidas a presión…

    Aquella mujer comenzaba a desesperarme.

    He leído mucho sobre psicología, puede creerme. Le estoy hablando de una alucinación visual en un momento de lucidez. ¡Es probable que se trate de mi primer brote psicótico!

    Rompí a llorar de impotencia, mi aprensión me decía que me estaba volviendo loca sin remedio. Su expresión apenas cambió. Apuntó algo en una hoja (apostaría algo a que tenía que ver con la compra del día) y acto seguido me dijo algo que sonaba bastante convincente.

    Vas a hacer una cosa. Te vas a tranquilizar, vas a tomarte el resto del día libre y te acostarás a descansar toda la tarde. Si vuelves a tener otra alucinación, vuelves por aquí y lo hablamos con más calma.
    Me valió aquello. Me retiré a mi piso de estudiante y me acosté. No me gustaba estar sola en aquel momento. Deseé que mi antigua compañera de piso siguiera conmigo. Ella ya había terminado su carrera y se había vuelto a Cristedo, su ciudad de origen. Yo tenía un anuncio en varios de los corchos de la facultad en donde ofrecía habitación para alquiler, pero en aquel punto del curso la gran mayoría ya tenía residencia fija.

    Esa noche tuve un sueño muy relajante. En él aparecía mi madre (a quien no llegué a conocer sino en retratos pues murió a los pocos meses de mi nacimiento) y me cogía de las manos con firmeza, una firmeza que me inspiraba seguridad y me transmitía disciplina.
    Con la mirada fija en mí dijo: “acostúmbrate, hay cosas que no se pueden elegir”
    Eso es todo lo que recuerdo. Como en una película, eh?

    Me desperté cuatro horas después con un fuerte dolor de cabeza. Miré el reloj. Eran las cinco y cuarto de la tarde. Recordaba el sueño como si hubiese sido una película recién vista: Cada detalle del rostro de mi madre, la ropa que llevaba… y sus palabras. Me inquietó mucho el recordar con tal nitidez su voz, una voz que yo jamás había oído pero que estaba absolutamente segura de que le pertenecía a ella.

    Decidí que debía salir a dar una vuelta para entretenerme, así que llamé a mi mejor amigo: Alex.

    En menos de una hora estoy en el portal de tu casa. Te hago una perdida y bajas.
    Perfecto.


    Álex era el típico tío que estaba harto de oír “te quiero mucho pero como amigo”. No era especialmente feo, tenía una complexión atlética muy deseable y se portaba de manera excepcional con las mujeres; caballeroso, simpático, detallista… pero carecía de ese algo que hace que las mujeres perdamos la cabeza. Le sucede a algunas personas, son socialmente activas y tienen unas relaciones muy buenas con personas del sexo opuesto pero no poseen esa “chispa” (algunos lo llaman sex appeal) que los convierte en candidatos a “algo más que amigos”.

    Me llevó a una cafetería que acababan de abrir al lado de la fábrica donde él trabajaba como carpintero metálico. Tras pedir dos batidos de chocolate, comencé a contarle mi anécdota del día.

    Cuando acabé de contarle lo que me había pasado se rió mucho, aunque tuvo la delicadeza de parar cuando vio que mi expresión se tornaba un tanto ofendida.

    A ver, nena, que no es que no te crea, te creo, de verdad, pero me parece una historia como de peli de cienciaficción, y lo del sueño… es como de película también. ¿No habrás estado leyendo mucho a ese escritor rarito que te gusta tanto?

    Ese escritor rarito es el maestro de la literatura contemporánea de terror y te pediría que hoy no frivolizases con este tema, porque estoy bastante preocupada. Ví como esa **** cosa se le metía reptando dentro de la oreja y ni él ni nadie se dio cuenta. No fue un efecto óptico y no fue que hubiese dormido poco. Lo vi con toda claridad, tío. O estoy loca o…

    ¿O…?

    O realmente se le metió ese puto bicho en la oreja.

    Nos quedamos en silencio y Álex se encogió de hombros. Cambiamos de tema y coincidimos en que los batidos de chocolate de aquel recién estrenado local no eran más que leche con colacao y mucho azúcar.
    Tras dos horas de conversaciones dispares nos dimos cuenta de que fuera ya no se distinguía un coche de un queso de grullère, y que era hora de irse a casa.

    El coche de Álex estaba aparcado en un callejón estrecho y ligeramente maloliente que a plena luz del día no estaba mal del todo, pero a aquellas horas ponía el vello de punta.

    De repente, surgió tras un contenedor un hombre que parecía un esqueleto cubierto de cuero, sólo piel y huesos y unas terribles ronchas rosadas por toda la cara. Empuñando una jeringuilla cual espada medieval (con una pose que me recordó a la que adoptan los que practican esgrima) se acercó a nosotros tambaleándose y nos propuso un cambio que no podíamos rechazar: nuestras pertenencias más valiosas a cambio de no contagiarnos su virus incurable, que portaba con mucho esmero en la jeringuilla ante nuestros aterrorizados ojos.

    Gracias a Dios o a la suerte, yo había dejado el bolso en el coche de mi amigo, por lo que lo único que se llevó de mi (no sin un gruñido de desaprobación) fue un reloj digital de los que se compran en cualquier feria.

    Álex no tuvo tanta suerte y se quedó sin teléfono móvil y sin 20 € con 55 céntimos.

    Pero para mí hubo algo más traumático que el atraco en sí mismo, algo que me paralizó y me heló la sangre. Ahí, justo encima de su hombro derecho algo asomaba ligeramente por su oreja. Una cosa negra y que brillaba a la tenue luz de la farola.

    No abrimos la boca en todo el trayecto hasta mi casa. Los dos estábamos en estado de shock, pero en mi caso el acabar de ser atracados por un yonky sidoso era lo de menos.
    Había vuelto a suceder. Esto de las alucinaciones era algo más que un episodio pasajero.

    Me acosté esa noche con la extraña sensación de que algo había cambiado en mi vida. Algo era totalmente diferente, más allá de las visiones, algo mucho más poderoso se cernía sobre mí. La sensación de que no volvería a ser la misma. Lloré amargamente. Estaba convencida de estar perdiendo la cordura.


    III

    Me desperté sintiéndome relajada y de buen humor, como si la tranquilidad del sueño hubiese ahuyentado a los demonios que me atormentaban la noche anterior. Recordaba todo lo sucedido la noche anterior de un modo difuso, casi onírico, pero sabía con certeza que no había sido un sueño.

    Me miré en el espejo del baño y me vi guapa y radiante., segura de mí misma. Mi propia voz me hablaba desde mi cerebro.
    ¿Qué vas a hacer hoy? ¿Ignorar lo de ayer? ¿Fingir que no ha ocurrido?
    Mi voz interior solía ser bastante hostil a veces. Contesté en voz alta:
    Lo que voy a hacer es prepararme un buen desayuno e ir a visitar a papá, como hago cada Sábado.

    Visitar a papá. Eso significaba ir hasta la prisión de La Llama, que se encontraba a 40 Km. de Fondomarín, donde yo residía. Papá llevaba seis años allí metido y pasaría unos cuantos más. Narcotráfico, peligro para la salud pública y desacato a la autoridad. Es decir, que vendía paquetitos repletos de polvos mágicos a adultos, adolescentes y cualquiera que los solicitase, y , para colmo, cuando la policía lo detuvo no hizo más que insultar a los agentes e incluso intentar agredirlos. En mi opinión, la ley ha sido bastante comprensiva con él.

    Todos los sábados cogía mi Fiat Panda e iba a hacerle una visita. Será un camello, pero es mi padre, y le quiero.

    El alcaide de La Llama es un buen amigo de mi padre, se llama Pablo y me conoce desde que era un bebé. Siempre me ha tenido mucho cariño, cuando mi padre ingresó en prisión y yo pasé a vivir con mis tíos maternos él me aseguro que papá sería el preso mejor cuidado de la prisión y que recibiría un trato preferente. Me consta que ha sido así, aunque no se trate de algo justo.

    Bien, pues tras comerme un enorme sándwich de atún con mayonesa y lechuga picada, me puse mis vaqueros preferidos y salí rumbo a La Llama.

    Pablo me recibió con un fuerte abrazo como todas las semanas.

    ¿Cómo estás mi niña? ¿Cómo van esos exámenes?
    Bien tío Pablo, la verdad es que es el primer año y no me está costando mucho.
    Siempre has sido un demonio de lista. ¡Y de guapa! –Me sonrió con esa cara de profundo cariño que siempre tenía para mí, un gesto que me confortaba y me hacía sentirme especial, quería mucho a tío Pablo, era una persona excepcional.
    ¿Avisaste a papá de que he llegado?
    Sí, ya debe estar esperando, ve a verle, te echa mucho de menos, no hace más que hablar de tí, como siempre, su hija universitaria que nunca será un paria como él.
    Entré en la sala. Era una especie de comedor en donde había muchas mesas y sillas para que los presos pudiesen charlar e incluso comer algo con sus familiares. Ahí estaba papá, sentado en una de aquellas mesas fumándose un Marlboro con sus ojos azules achinados y su expresión chulesca. En cuanto me vio, tiró el cigarro al suelo (acto que no agradó en absoluto al poli que estaba a su lado) y corrió a levantarme en brazos, como hacía siempre.

    Papá, sólo hace una semana que no nos vemos. –siempre me ruborizaba que me saludase así delante de todos los demás presos.
    Una semana aquí son dos años fuera, nena. ¿Cómo va todo?
    Bien, como siemp…Noté como si me hubiesen dado un hachazo en plena garganta. Las palabras dejaron de fluír de golpe. Sentí sudores fríos por todo el cuerpo y como mis esfínteres se relajaban hasta tal punto que creí que me haría mis necesidades allí mismo.
    Había como 10 presos más en la sala, cada uno con sus visitas, charlando, abrazándose e incluso discutiendo, y todos, absolutamente todos, tenían seres negros agitándose y estremeciéndose en alguno de sus oídos.

    Noté como me bajaba la tensión de golpe, una enorme presión en el pecho y recuerdo que empecé a tambalearme y a ver como toda la escena giraba a mi alrededor. Mi padre me asió por los hombros, preocupado, viendo la lividez en mi rostro y lo último que recuerdo es su expresión tensa mirándome y preguntándome si me encontraba bien. Entonces ví una de aquellas cosas asomándose tímidamente por su oreja derecha. Me desmayé.

    Cuando recuperé el conocimiento estaba en la enfermería de la prisión con la enfermera y tío Pablo mirándome y sonriendo al ver que recuperaba el sentido. Podía oír a mi padre gritando fuera que yo era su hija y que le dejasen entrar con muy pocos modales, por cierto. Pablo me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí, y entonces dejó entrar a mi padre que casi se carga la puerta a puñetazos.
    Lo primero que hizo mi padre fue abrazarme y lo segundo preguntarme si estaba preñada (con estas mismas palabras) le dije que no, que no había comido y que me había dado un bajón de tensión. Fingí una tranquilidad muy creíble, a pesar de estar temblando por dentro y sin poder apartar la vista de aquel ser que de vez en cuando asomaba su cabecita (o lo que fuera aquello) por el oído derecho de papá. Les dije que quería irme a casa y lo comprendieron, pero me prohibieron coger el coche por lo que regresé a casa en un coche patrulla. Me dijo tío Pablo que mañana mandarían a alguien llevar mi coche a casa. No me fui muy convencida de dejar mi Panda allá, pero lo cierto es que no me sentía capaz de conducir ni de realizar ninguna tarea que requiriese concentración.
    Nada más llegar a casa me metí en la cama y pensé en extraterrestres.
    Los extraterrestres han llegado a la tierra y se están colando en nuestras orejas. Dios Santo, la idea era tan ridícula como absurda.
    Si realmente eran extraterrestres, ¿por qué sólo yo podía verlos? Y si no lo eran, ¿qué eran? ¿estaba yo loca? No, no lo estaba. Sabía que no lo estaba.

    Con una certeza que jamás había sentido por nada.

    A aquel día le siguieron dos semanas de paranoia. Llamé a la facultad para avisar de que había cogido una neumonía y que no iría por allí en algún tiempo.
    Bajé al supermercado y me gasté un dineral en comida. Quería hacer acopio de víveres ya que pensaba estar mucho tiempo en casa. No dejaba de fijarme en las orejas de todo el mundo, la gente a mi alrededor se sentía incómoda y se tapaban los oídos con recelo.( Era una situación bastante cómica, pensándolo en frío). Después fui a la farmacia y compré una gran cantidad de tapones para los oídos. En cuanto los pagué, abrí una bolsa y me puse un par ante los atónitos ojos de la farmacéutica.
    Pasé dos semanas en casa sin salir para nada, temiendo que una de aquellas cosas violase mi intimidad auditiva. Lo único que hacía era jugar a videojuegos ya que a veces, en la televisión, me había parecido ver alguna de esas cosas. Las noches las pasé casi en vela, temiendo que alguna de esas cosas me quitase los tapones y se me metiese en el cerebro (si es que llegaban al cerebro) mientras dormía. Cada dos por tres me miraba en el espejo aterrorizada, imaginando que una de esas veces vería a uno de ellos allí, en mi oreja, saludándome. No creía que pudiese soportarlo.

    La segunda semana de clausura estaba finalizando, y empezaba a encontrarme muy mal psicológicamente. No podía seguir así mucho tiempo. No tenía ningún sentido. Estaba segura de estar cuerda, pero no estaba actuando como tal. Si realmente una de aquellas cosas tenía que entrar en mí, sería algo que no podría evitar, pero la solución, desde luego, no era encerrarme para siempre. Tenía que vivir.

    El último empujón de seguridad me lo dio mi madre, que volvió a aparecer en uno de mis sueños. Me repitió aquello de que hay cosas que no se podían elegir y que debía acostumbrarme a vivir con ello.
    Por alguna razón, sentí que aquella frase calmaba mi ansiedad por completo, reparando mis miedos como un bálsamo mágico. Decidí que debía reincorporarme a los estudios y a mi vida, fuese lo que fuese lo que se me viniese encima. La tercera semana salí de casa.

    IV

    Esa semana fue totalmente surrealista, no dejé de ver a aquellos seres en las orejas de algunas personas, sólo algunas, por alguna razón que no entendía. Los veía en directo, en la televisión, incluso si me fijaba, en algunas fotografías. Negros como el azabache, brillantes como los rubíes, con una forma totalmente indefinida e indescriptible. Los veía en las orejas de hombres y mujeres, adultos y niños. Lo cierto es que muy pocos niños, y menos mujeres que hombres, por alguna razón.

    Además, sucedió algo que nos marcó a todos en el campus. Una tragedia que jamás olvidaremos y de la que muchos se sintieron culpables, aunque ninguno lo admitiese.

    El “hombre de las papeleras” se había vuelto loco.
    Había estrangulado a su esposa y había ahogado a sus dos hijos de 1 y 3 años respectivamente y después se había colgado con la cuerda de un albornoz atada a uno de los barrotes del balcón.
    Alguien que presenció el suicidio llamó a la policía para avisar de que había un hombre colgado de un balcón con la lengua colgando fuera de la boca en una expresión grotesca. Lo que la policía no imaginaba era que al entrar en la casa del individuo encontraría a dos criaturas flotando en la bañera y a una mujer en el suelo del pasillo semi degollada por un cable.
    Lloré por su mujer, lloré por sus hijos, y sobre todo, lloré por él. Me sentía tan culpable por haberme reído de aquel hombre que sentí asco de mí misma.

    El día que recibimos la noticia me fui a casa antes de que acabaran las clases y me senté en el sofá tratando de ordenar en mi cabeza lo acontecido en el último mes. El mes más loco de mi vida, sin duda alguna. La historia del hombre de las papeleras me dejó tan marcada que incluso por un momento me olvidé de las cosas negras.
    En mi cabeza se repetían una y otra vez los comentarios de profesores, compañeros…
    “¿cómo pudo hacer una cosa así?”
    “Parecía tímido, pero no tenía aspecto de ser un asesino en absoluto”
    “Era un hombre reservado pero jamás podría imaginar que pudiese hacer una cosa así”
    “No parecía estar loco”
    “Los que más buenazos parecen son los peores”
    “Todavía no me creo que él pudiese…”

    La gente repetía estas cosas una y otra vez, yo misma las pensaba, sin hallar respuesta alguna más que la ausencia de cordura, enajenación mental…

    Entonces lo comprendí todo. Las dudas se disiparon como por arte de magia.
    Yo tenía un don, un don completamente inútil, pero un don al fin y al cabo.

    Aquellas cosas negras no eran ni mas ni menos que el mal en estado puro.

    Eran el mal que se adueñaba de las personas y yo, por algún motivo, puedo ver el mal, aunque todavía no sé si puedo combatirlo de algún modo.
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    El Ciclo del pozo
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    [FONT=Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif]No mires hacia abajo –dijo el padre a su hijo; la voz opaca y temblorosa del hombre se apagó rápidamente entre los ruidos del pozo.

    El niño se aferró instintivamente a la mano callosa de su padre y sintió cómo la jaula de hierro en la que habían ingresado momentos antes comenzaba a descender con vertiginosa rapidez. Bajo sus pies el piso enrejado de la jaula huía hacia las profundidades del pozo cuya negra boca apenas llegó a entrever entre los sollozos de su madre y hermanas. Ahora sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes de roca milenaria, ennegrecida por los años y la escasez de luz que allí reinaba, y el pequeño no pudo reprimir una extraña sensación de angustia a medida que se internaban en aquel abismo.

    El miedo que oprimía su pecho corría paralelo al descenso interminable de la estructura de hierro en la que viajaban, sumiéndose cada vez más en una oscuridad que ya comenzaba a espesarse y donde el aire era apenas respirable. Mientras bajaban, las sombras de las grietas y partes salientes de la roca se elevaban a su paso cual espectros que quisieran fugarse desesperados de aquella fosa, y hasta la silueta borrosa de su padre, herida por unos finos haces de luz que parecían prontos a extinguirse, tornábase de pesadilla. Al cabo de un tiempo incalculable por medios corrientes, el pesado armazón de hierro disminuyó la velocidad y tras un áspero rechinar de goznes y cadenas se detuvo bruscamente, asentándose en suelo firme con una fuerte sacudida. Fue entonces cuando al niño comenzaron a zumbarle los oídos, como si tuviera un moscardón encerrado en la caja del cráneo, y tuvo que realizar un gran esfuerzo de voluntad para no caer desvanecido allí mismo. La jaula se había detenido con gran estrépito y quedó inmóvil ante la boca de una galería estrecha, con forma de bóveda, que se extendía frente a ellos hasta perderse en una sórdida, profunda oscuridad.

    Habían llegado al subsuelo. El niño se creyó de pronto precipitado hacia las fauces de un monstruo voraz, arrojado sin más a un mundo incomprensible, dominado por el terror y la impiedad; se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y escudriñó el largo pasadizo con ojos desorbitados. Ahora, cuando después de la angustia y el miedo del descenso esperaba encontrar alguna forma de alivio, todo el horror de la situación se le hizo presente.

    El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. De la techumbre cruzada por gruesos maderos caían continuamente grandes gotas de un líquido oscuro y hediondo, cuyo olor agrio comenzaba a llenar los pulmones del niño provocándole arcadas de asco a cada paso. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad subterránea que llenaba la vasta excavación, por lo que el niño se pegó aún más al cuerpo de su padre. En ese momento tuvo la poca tranquilizadora impresión de que el hombre a su lado estaba temblando tanto o quizás más que él, igual de aterrado se encontraba el viejo que, a pesar de sus cincuenta, tenía el aspecto de un anciano maltrecho y con escasas expectativas de vida. Mientras avanzaban, sus pasos resonaban con ecos apagados, los cuales eran absorbidos rápidamente por el silencio denso, susurrante de la sima.

    A poco más de cuarenta metros se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Desde el fondo llegaba un resplandor tenue que, a poco de entrar, descubrieron provenía de un viejo candil que colgaba del techo y que despedía una luz aceitosa y macilenta, llenando el ambiente de sombras y dándole al lugar la apariencia de una cripta enlutada. El niño comprobó con aversión que el olor agrio se había intensificado, siendo más acre y hondo que antes, como de carne descompuesta hace largo tiempo. En el fondo de la galería, sentado delante de una gran mesa de basalto a una altura descomunal, un hombre entrado en años, de larga barba y cubierto el rostro de úlceras y restos inmencionables, hacía anotaciones sobre un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar en la frente y pómulos los fragmentos de hueso que sobresalían de la carne, por demás podrida y agusanada. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el hombre, quien avanzó con timidez, encorvando la espalda en signo inequívoco de sumisión y respeto.

    – Seseñor, yyo... –tartamudeó el hombre levantando apenas la mirada hacia el viejo decrépito.

    Pero éste hizo un ademán enérgico con el brazo, a lo cual el hombre calló automáticamente, y extendiendo la otra mano sobre el enorme libro señaló con el índice –más bien una falange con retazos de carne muerta– un punto en la página de su infinito registro, y exclamó:

    – ¡Brown! Daniel Brown –vociferó el Viejo mostrando unos (escasos) dientes verdosos, y continuó con tono duro y severo–: He visto que en las últimas cinco semanas no has alcanzado el mínimum diario que se exige a cada cortador. Y ya sabes lo que eso significa...

    Una risa siniestra comenzó a dibujarse en la máscara de putrefacción que era su rostro, o mejor dicho, algo parecido a una risa que deformaba las escabrosidades de sus facciones en una mueca gutural de cinismo.

    – Significa... que será necesario darte de baja, Daniel Brown –los ojos del viejo se clavaron en la figura encorvada del hombre, cuya decadencia física e inutilidad para el trabajo eran ya visibles para cualquiera; y agregó–: A menos, claro está, que tengas un relevo: alguien más activo que ocupe tu sitio.

    – Seseñor, aquí traigo al chico –repuso el hombre con voz apagada, los ojos húmedos y abiertos en muda súplica.

    El viejo se irguió en su púlpito y sus ojos penetrantes abarcaron de un solo vistazo el cuerpito endeble del muchacho, que hasta entonces había pasado inadvertido a su inquisidora mirada. Sus delgados miembros y la infantil expresión de su rostro, como de bestia asustada, impresionaron al viejo provocándole una súbita excitación, que se tradujo a la vista en inyecciones de sangre que se derramaban profusamente por sus heridas.

    – ¡Ahhh! Conozco esa mirada, chico: es el Miedo –exclamó el viejo atravesando al niño con los ojos–. Es todo lo que necesito para templarte. –y luego, dirigiéndose al hombre con un gesto de desprecio–: ¡Y tú, fuera de aquí! Largo, desecho inservible. Hoy te salvas, Daniel Brown, pero, al fin y al cabo, tarde o temprano todos nos veremos allá abajo... ¿eh? ¡Já, já, já!

    El hombre dio media vuelta, la barbilla sumida en el pecho, y, antes de retirarse, miró por última vez a su hijo, arrancado de sus juegos infantiles para languidecer en las tinieblas del subsuelo. El recuerdo de sus cuarenta años de trabajo y sufrimiento se le presentó en la imaginación y miró al niño con la certeza de que idéntico destino le esperaba a él. Y, apartando de su mente aquella imagen se fue, desapareciendo en la penumbra.

    El viejo se llevó a la boca un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió en la lejanía. Se oyó un rumor de pasos precipitados y luego una silueta oscura se perfiló en el hueco de la puerta.

    – ¡Vamos deprisa, bestia! –exclamó el viejo con voz podrida–. Lleva a este chico al subsótano, reemplazará a su padre como cortador en la cámara cuatro ¡Rápido!

    Todo cuanto sucediera ese día había causado una honda impresión en la mente inocente del niño, pero, por alguna razón, una frase del viejo se le grabó a fuego en la memoria: allá abajo. ¿Acaso había algo todavía más abajo que aquello?, se preguntó con desesperado y lógico temor.

    Finalmente, el niño y el otro hombre se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas se fue alejando poco a poco en los retorcidos corredores de la galería. Caminaban entre charcos, sobre pisos de piedra a veces, otros de metal. Las tinieblas eran espesas, por lo que el niño se guiaba más por el sonido que por la vista. Hasta que, luego de un tramo recto, llegaron hasta una compuerta. Atravesaron el umbral y el niño se vio sobre una plataforma circular reticulada de gran diámetro. El hombre activó un mecanismo y la plataforma comenzó a descender con una pesada marcha. Mientras descendían, el niño sintió que el zumbido, que en un principio creyera producto del vértigo, aumentaba su fuerza y se dio cuenta de que en realidad se trataba del ruido de motores. Maquinarias y motores en continua actividad. La plataforma se detuvo al rato con secos ruidos de engranes y el desconocido empujó al niño hacia una gran galería. La misma tenía dimensiones inmensurables, y del techo pendían gruesas cadenas oxidadas y oscilantes que terminaban en gruesos ganchos de hierro. El suelo tenía cinco centímetros de sangre que corría hacia las rendijas. Varios hombres se encontraban allí, todos armados de garfios y cuchillos cortos de hoja curva, agolpados ante una doble puerta al otro lado de la galería.

    Hasta entonces, el niño no se había dado cuenta exacta de lo que se exigiría de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyera en principio un paseo, luego una labor extraña y dura, lo llenó de un miedo cerval. Al estridente sonido de una sirena comenzaron a entrar de la puerta de doble hoja una veintena de personas, entre hombres y mujeres de distintas edades, desnudos ellos y todos caminaban como zombis, pero más bien, como vacas al matadero.

    – ¡Bueno, no se queden ahí parados! –vociferó uno de los cortadores–. ¡A los ganchos con ellos!

    – ¡Que comience la carnicería! –brotó un ronco grito de la caterva.

    Acto seguido, uno de ellos tomó a uno de las axilas y lo subió de un golpe al gancho, cuya punta sobresalió como un falo de su pecho y su boca quedó congelada en un grito mudo. No se resistían, no hablaban, se movían como peces en un acuario. Otro, más práctico, tomó a dos con ambas manos del cuello y los ubicó en sendos ganchos, para luego descuartizarlos. Las partes seccionadas eran colocadas sobre mesones para que luego otro operario las oriente en una cinta mecánica que se perdía más allá de la pared de la galería.

    Nadie, sin excepción, conocía los fines u orígenes del trabajo que se realizaba en la sima. Ignoraban por completo, incluso se diría que el viejo de la entrada también, cuál era su función y verdaderas dimensiones. Más allá de la cámara destinada al niño rugían los motores y máquinas, y de las ventilas a veces llegaban densas nubes de vapor nauseabundo, pero descontando eso, todo lo demás eran suposiciones.

    Contra todo lo previsible, a los tres días el niño perdió el asco por los cuerpos tullidos, a la vez que perdía el olfato. A los tres meses había perdido todo su candor infantil. Y, finalmente, al año, perdió la cordura detrás de la máscara de sangre seca que cubría su rostro, de un color marrón oscuro. Cortaba como un poseso todo cuanto se le pusiera en frente. Y siempre, en su mente enferma siguió reverberando aquella frase del viejo: allá abajo...

    Lo hostigó hasta cuando lo vio venir mezclado entre el resto, ya sin vida los ojos, pero reconoció, a pesar del aspecto demacrado, a su padre. Lo ubicó cuidadosamente en el gancho y los huesos exhalaron un último aliento antes de quebrarse, la cabeza ladeada hacia la izquierda, los ojos acuosos y fríos. El garfio se clavó con fuerza entre las costillas, el cuchillo de hoja curva silbó en el aire, hendió la carne... Tal vez como en su momento él mismo lo habría hecho con su abuelo, como lo haría su hijo con él, y su hijo, y su hijo...

    El pozo no soltaba nunca al que había tomado, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la sima..., pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.

    “Allá abajo” había dicho el viejo. “Tal vez se pueda descender todavía un poco más...” pensó el muchacho; el cuchillo bajó por el esternón, cortando la red de músculos que forman el pecho, “...un poco más... allá abajo... un poco más...”


    Así era. Así tenía que ser. Así había sido siempre.
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    Manes esta vez postie pocos relatos por k son largos -.-¡¡

    ojala q los disfruten:arriba:
     
  2. ven

    venomrock88
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    Recluta

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    Respuesta: Leyendas urbanas part 2

    che man que no te cuesta resumir un poco, vaya me tomo una hora, pero bueno me dejaste la piel de river... ¡digo! de gallina
     
  3. Scr

    Scrat
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    Teniente Coronel
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    che tus leyendas son muy largas
     
  4. iTz

    iTz BanMidou
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    Sargento

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    Men me dio lala leer la segunda pero estubo interesante ! y tus thx

    PD : la primera me dio risa
     
  5. ema

    ema95
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    Subteniente

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    Respuesta: Leyendas urbanas part 2

    lei el primero peroo me aburri muy largas =(
     

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