Panfredo y la cofradia

Tema en 'Foro Libre' iniciado por panfredo, 7 Nov 2008.

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    LOS CONSTRUCTORES Y EL CRISTIANISMO PRIMITIVO

    de LUIS F. LEON PIZARRO

    El cristianismo nace en una sociedad donde los más altos valores espirituales son detentados por las sociedades iniciáticas. No las ignoró y, a partir del siglo IV, se mostró a menudo injurioso o crítico con ellas. Por su lado, los iniciados habían recibido la orden de no abrir ciertos libros herméticos ante los cristianos, por miedo a que éstos se apoderaran de ellos para destruirlos.

    En esta oposición, unas veces abierta, otras latente, entre cristianismo y sociedades iniciáticas, tres fechas destacan entre otras: 313, 351 y 375. En 313, Constantino hizo promulgar el edicto de Milán que concedía la libertad de culto a los cristianos y a los no cristianos. En realidad, es una gran victoria de la nueva religión que gana la confianza del poder y se convierte en la fe oficial. El clero recibe mucho dinero, se construyen numerosas iglesias, los prelados ejercen una notoria influencia política.

    En 351, el emperador Juliano comienza a apartarse del cristianismo; ha estudiado mucho las doctrinas neo-platónicas que son ampliamente difundidas por las cofradías iniciáticas y encuentra más riqueza en este tipo de pensamiento que en la religión cristiana. El emperador es iniciado en el culto de Mitra hacia 358 y amenaza seriamente a la Iglesia; pero su brutal muerte pone fin a la ola de anticristianismo que él favorecía.

    Hacia 375, el filósofo Prisciliano alumbra una secta cristiana muy original, cuyo objetivo es liberar al cristianismo de la administración romana. Rechazando cualquier jerarquía, Prisciliano intenta unir a quienes considera como verdaderos adeptos a Cristo, especialmente a los agnósticos. Para él, sólo cuenta la Iglesia primitiva y desprovista de tastos exteriores y de ambiciones políticas. Prisciliano obtuvo cierta audiencia; un personaje tan importante como san Martín de Tours le prestó, incluso, atento oído e intentó favorecer, de un modo discreto, a la cofradía.

    Pero Roma velaba; tras el peligro pagano reavivado por Juliano, llegaba ahora otro peligro procedente del interior de la religión cristiana. Prisciliano fue ejecutado, su biblioteca de escritos esotéricos, dispersada; los adeptos que se habían reunido a su alrededor entraron en la clandestinidad y su cofradía desapareció definitivamente. Estos pocos recuerdos históricos demuestran que los comienzos de la cristiandad fueron bastante movidos en el terreno de la fe. Por eso debe plantearse una pregunta: ¿existía una iniciación específicamente cristiana? No es posible responder con certeza absoluta, pero poseemos sin embargo documentos bastante significativos.

    Si se examina, por ejemplo, la obra del seudo Dionisio el Aeropagita, se advierte que pide a sus hermanos cristianos que alcen sus ojos hacia la iniciación. Al recibir el «depósito» de los misterios, comprenderán los ritos y los símbolos, recibirán un nuevo nombre. Hay, dice Dionisio, un secreto divino en la jerarquía que conocen quienes han superado los tres grados de iniciación. El título más elevado es el de «Monje»; totalmente desnudo durante la ceremonia, recibía nuevas ropas tras el beso de paz.

    Ahora bien, ese Dionisio obispo de Atenas que predicaba la iniciación cristiana fue confundido en la Edad Media con otro Dionisio, obispo de París; Suger, uno de los creadores del arte gótico y abate de SaintDenis, se refirió a Dionisio para magnificar la luz y convertir su iglesia en una de las más hermosas catedrales francesas. Una vez más, nos vemos obligados a admitir una tradición oral que une a los adeptos de la iniciación a través del tiempo y del espacio.

    El gran pensador cristiano no era el único que reconocía la importancia de un «cristianismo mistérico»; si se examina el modo como se hacía el reclutamiento cristiano a comienzos del siglo III, se advierte que responde a las reglas habituales de las sociedades iniciáticas. Cada miembro, en efecto, podía llevar hasta la fe a un profano; los sacerdotes supervisaban su acción con gran serenidad en la elección final. Por aquel entonces, el cristianismo, al parecer, no deseaba a toda costa convertirse en una religión de masas sino, más bien, engendrar una élite espiritual. Releamos los consejos de Hipólito de Roma sobre la admisión de los neófitos: «Que se les pregunte la razón por la que buscan la fe. Quienes los traigan darán testimonio con respecto a ellos para que se sepa si son capaces de escuchar la palabra. Que se examine también su estado de vida. Que se haga una investigación sobre los oficios y profesiones de aquellos a quienes se lleva a la instrucción».

    Por consiguiente, no se hace cristiano quien quiere. La preparación para el bautismo es claramente designada como una preiniciación al misterio divino y se pone a prueba a los catecúmenos durante tres años; «si alguien muestra celo y persevera bien en esta empresa», sigue diciendo Hipólito, «que no se le juzgue según el tiempo sino según su conducta».

    Se exige a los iniciados cristianos una gran asiduidad a la reunión; no se trata de una regla administrativa sino de un principio sagrado que expresa en estos términos el texto titulado Didascalia de los apóstoles: «Que nadie disminuya la Iglesia acudiendo sólo a ella para no disminuir en un miembro el cuerpo de Cristo».

    No podría plasmarse mejor una de las bases espirituales de la masonería, y a la frase cristiana: «¡Arriba los corazones!», responderá la frase ritual de los masones: «¡Arriba los corazones en fraternidad!». Un himno del siglo XVIII, destinado a la cena, dicta una línea de conducta sin la que una sociedad iniciática no tendría razón de ser alguna: «Reunámonos como uno solo y velemos por no estar, en absoluto, divididos en espíritu. Que cesen las malas querellas, que cesen las diferencias. Un camino estrecho y difícil lleva a lo alto, es largo y escarpado cuando sube. Pero el amor fraternal da la vida eterna».

    Este amor fraterno encuentra una de sus más conseguidas expresiones en el banquete. Para los cristianos, se trata de una comida sagrada que recuerda la cena e instaura un vínculo religioso entre los participantes. Hay un aspecto sobrenatural en el hecho de comer juntos, pues los cristianos comulgan a la vez entre sí y con Dios. Hemos visto ya lo que esta concepción debe a los esenios y a otras cofradías iniciáticas; la masonería, que se limitó a menudo a banquetes bien provistos, conservó sin embargo la dimensión iniciática de esta reunión fraternal.

    En la apertura de los «Trabajos de Mesa», el Venerable pronuncia aún estas palabras: «Hermanos míos, iniciados en los misterios del arte real, sabemos que el masón participa de la Carne y el Espíritu. Por eso os ruego, Hermanos Vigilantes, que os unáis a mí para abrir estos Trabajos de Mesa, encendiendo las antorchas. Esta luz que brillará durante nuestros ágapes fraternos nos recordará que la llama espiritual que se nos transmitió nunca debe extinguirse en nosotros».

    Hemos visto que existía, en el seno del cristianismo, un clima que a veces puede ser calificado de «iniciático», en el sentido más noble del término. Intentemos ahora ser más precisos y comencemos poniendo de relieve, en los textos cristianos, una expresión cara a los masones: «Hijos de la Luz», dice Ignacio de Antioquía a los ciudadanos de Filadelfia, «huid de las divisiones y las malas doctrinas». En todas las épocas, al parecer, quienes intentan vivir la vía iniciática reciben ese «título» de Hijos de la Luz que es especialmente puesto de relieve en la historia de san Lorenzo. Éste velaba por el tesoro secreto de la casa de Dios, cuyas llaves poseía.

    El prefecto exige que le entregue esas considerables riquezas; Lorenzo acepta sin hacerse de rogar y el prefecto se alegra de antemano, convencido de que los cristianos ceden ante la primera amenaza. Poco después, Lorenzo pide audiencia al prefecto y le presenta a mendigos, tullidos, ciegos y «pobres de espíritu». «¿Qué significa esa mascarada?», pregunta el prefecto. «Exigías las riquezas de Dios», responde Lorenzo. «Te las ofrezco; son los Hijos de la Luz quienes ahora se presentan ante ti. Su cuerpo está dolorido, su alma es pura.»

    Loco de rabia, el prefecto hizo ejecutar a Lorenzo. Los masones, Hijos de la Luz, trabajan a la gloria del Gran Arquitecto del Universo. Se creyó por mucho tiempo que esta última expresión era bastante reciente; en realidad, era conocida ya en el antiguo Oriente Próximo y se encuentra también, con una forma algo modificada, en una carta de Clemente de Roma a los corintios: «Que el artesano del universo», escribe, «mantenga en la tierra el número contado de sus elegidos. Él nos llevó de las tinieblas a la Luz, de la ignorancia al Conocimiento». En un himno que data de comienzos del siglo V, la iglesia de Epifanio de Salamina es calificada de «paraíso del Gran Arquitecto», lo que constituye una excelente definición poética de una logia masónica .

    Cierto número de textos cristianos que insisten en el valor simbólico y espiritual de la piedra. «Sois las piedras del templo del Padre», dice Isaac de Antioquía a los efesios, «sois también todos los compañeros de camino, portadores de Dios». San Agustín marca muy bien la relación que existe entre el Gran Arquitecto y los iniciados: «Las piedras son extraídas de la montaña por los predicadores de la verdad, y son escuadradas para poder entrar en el edificio eterno. Hay hoy muchas piedras en las manos del Obrero; quiera el cielo que no caigan de Sus manos, para poder, una vez terminado su tallado, integrarse en la construcción del Templo».

    Este lenguaje sigue empleándose en las logias masónicas contemporáneas; se dice que el aprendiz masón es una piedra en bruto que debe tallarse a sí misma, para convertirse en una piedra cúbica. El propio Cristo es una piedra viva rechazada por los hombres. «Vosotros mismos», dice san Pedro en su primera Epístola, «como piedras vivas, prestaos a la edificación de un templo espiritual, para un sacerdocio santo, en vistas a ofrecer sacrificios espirituales». La raza de quienes reconocen la Piedra fundamental es la de los elegidos. El poeta latino Prudencio, cuya leyenda afirma que había sido iniciado en la masonería, pensaba que la piedra de caballete es inmortal y que subsistirá tras la ruina de cualquier templo. «Sí», escribía, «el ángulo edificado con esta piedra que despreciaron quienes construían permanecerá siempre, por los siglos de los siglos.

    Hoy, es la clave de bóveda del tiempo. Mantiene el ensamblado de las piedras nuevas». El corobispo de Alepo, Balai, muerto en 460, compuso un himno admirable para la consagración de una iglesia; en unas pocas frases, resume el ideal de las sociedades iniciáticas de la antigüedad y anuncia el de la masonería medieval: «Que el templo interior sea tan hermoso como el templo de piedras». Dios construyó al hombre para que el hombre construya para Dios; al construir el templo, los albañiles entran en el reino celestial. Hemos entrado ahora en la era cristiana, tras haber evocado cierto número de antiguas cofradías iniciáticas cuya influencia sobre la francmasonería primitiva no puede negarse. La Alta Edad Media se anuncia con su primera gran figura de maestro de obras, san Eloy, que vivió de 588 a 659. Su historia es digna de interés: orfebre lemosino, recibió un encargo del rey Clotario II. Tenía que llevar a cabo una obra maestra: un sitial para el monarca. Su arte era de tal perfección que consiguió crear dos sitiales con los materiales destinados a uno solo. El rey Dagoberto hizo a san Eloy ministro de finanzas y le pidió que construyera una gran abadía en tierras de Solignac, cerca de Limoges. San Eloy en persona dibujó los bocetos e imaginó los planos; a lo largo de toda su carrera política, no dejó de practicar la orfebrería fabricando relicarios. Por ello se convirtió en el venerado patrón de todos los artesanos que utilizan un martillo en su trabajo.

    San Eloy es el prototipo del hombre completo, administrador, maestro de obras y artesano al mismo tiempo; honra las mas profundas cualidades del espíritu y de la mano, trazando en la Edad Media una línea de conducta ideal, una de cuyas consecuencias será la aparición de la francmasonería en el sentido estricto del término.

    Debemos ahora abordar este largo período donde la imagen histórica de las cofradías de constructores en general y de la masonería en particular irá precisándose.
     

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