[Relato] Donantes

Tema en 'Amor y pareja' iniciado por Renzogi :p, 21 Dic 2009.

  1. Ren

    Renzogi :p
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    Cuando ella abre la puerta, él se presenta como Max.

    Francia esconde la directa sugerencia que le provoca su nombre, sin interés alguno por conocer la prolongación en apellido, del apodo de tan atractivo ejemplar. Es más, la gracia que le otorga la asociación mental, de tan escueto nombre con el que dirigirse a él, incluso le genera un cosquilleo imprevisible entre las piernas.

    Francia siempre quiso tener una mascota, pero entre unas cosas y otras -cosas del pasado, en cuanto a la estricta postura de su padre en relación a tener animales en el hábitat, y otras cosas de su ya habitual movilidad y poca disponibilidad para siquiera cuidar de alguien de manera regular- al final tuvo que desistir de la idea. Sin embargo, siempre le ha placido la seguridad de volver a casa y encontrar quien la quiera sin restricciones, alguien atento a sus reglas, aunque sólo sucediera con la fiel compañía de un perro.

    Le invita a pasar sin dejar de observarle. Cierta arrogancia de quien está acostumbrada a ser atendida debidamente, en relación al precio de los servicios, se apodera innatamente de ella. Transcurridos unos segundos, su gesto final es de complacencia. La sonrisa con la que Francia acompaña el cierre de la puerta, se mezcla con la blanca y fresca sonrisa de Max.

    - Así que Max – reafirma ella, mientras asiente con la cabeza sin esconder que le analiza en su totalidad, entonando el apodo hacia la proximidad de la fidelidad más servicial, por contra de algún interés en acertar el nombre completo.
    - Max, así es – él mantiene una agradable expresión en el rostro, difícil de determinar si es actitud o teatro, pero que agrada a Francia.

    - Bueno, ya estas aquí, ¿te apetece tomar algo? – ella no se mueve del lugar desde donde puede observarle con descaro. A él parece no molestarle la impune violación de su imagen, sabe perfectamente que está allí para complacer a Francia.
    - La verdad, me iría bien una ducha, he pasado la mañana haciendo gestiones con este clima caluroso tan repentino. No suelo ir de visita por la tarde, sin darme tiempo a cambiar, me siento un poco incómodo si no me ducho –la educación del joven hombre corresponde a lo contratado por Francia. Aunque pueda estar interpretando el guión que ha ideado para ella, suena verídico.

    - Por supuesto. La ducha está al fondo del pasillo – Francia pasa delante de él para acompañarlo. La indicación del índice es atendida con obediencia por Max, quien la sigue hasta que ella le marca esperar.
    - No me importa secarme en tus toallas usadas – complace con inocencia sin saberlo, al oído de Francia.

    - Recojo las toallas porque no quiero que tengas nada con que secarte – le deja sorprendido ella- Ahora dúchate durante el tiempo que te apetezca, quiero que te sientas todo lo cómodo que necesites.
    - Puedes quedarte –a Francia le empieza a parecer realmente adorable el prometedor joven que le ha enviado la agencia. Contesta a la invitación marchándose, con una madura mirada y posar de sus femeninos dedos en el marco de la puerta, marcando el umbral con una caricia pendiente.

    La inalterable actitud de Francia es de notable sugestión para Max, el control que pueda tener una mujer sobre lo que desea recibir de un hombre, es un aspecto motivador que mejora su labor. Max sabe que la clienta aparecerá para mirarle cuando ella lo crea conveniente. No es una obligación para él mostrarse sumiso a las decisiones. La relación imprevisible, con la que Francia pretende diferenciar la línea entre ambos, le otorga un morbo con el que debe conjugar los sucesos posteriores, sabiendo que ella conoce el efecto excitante que le produce la no aceptación inmediata de observarle bajo los chorros del agua, dejando al azar de su elección la aparición inesperada. Max sabe que al final se termina cruzando la línea, todas lo hacen.

    - Continúa, no dejes de tocarte cuando te mire – ella le sorprende mientras Max escurre con las palmas el agua que corre sobre sus cabellos, pillado de improvisto con el franco frontal de su constitución.

    Los dientes de Francia cortan una jugosa fresa que perfuma de atenciones su paladar.

    Francia sigue aún vestida. Los tacones continúan alzando los talones de una feminidad superior. El vestido se ondula, se ciñe a sus muslos y caderas cada vez que las piernas cambian de posición.

    - Ahí tienes jabón, úsalo – al tiempo que sujeta un taburete inoxidable, la mirada de Francia se acompañada con un gesto del cuello, dirigiendo la orden hacia el lugar masculino donde requiere sea ejecutada la acción.

    Francia sitúa el taburete en medio del baño, orientado hacia la mampara de la lujosa ducha. Posicionándose primero detrás del asiento, no deja de mirar a Max, inquiriendo atención a su orden, para luego sentarse de lado y, manteniendo uno de los pies fijados al suelo, dibujar el abanico invisible de sus piernas, quedando pendiente entre los muslos la punta ondulada del vestido.

    - ¿Te gusta hacerlo? –mientras Francia le interroga sobre la suave manera con la que él enjabona su verga, ella desliza una de las manos bajo la ola del vestido, sujetando la segunda fresa que traía.

    Max asiente con lentitud, mirándola a los ojos.

    - Es posible que te apetezca mirarme mientras lo haces –la mano de Francia ha quedado oculta bajo el vestido. El leve movimiento de su antebrazo ofrece evidencia suficiente para que Max pueda entender que ella está rozándose la entrepierna con la roja fruta que sujeta.
    - No lo dudes, me apetece mirarte mientras lo hago para ti –la mano izquierda de Max sujeta el erguido miembro por la base, junto con el escroto, mientras su otra mano se desliza sobre el frenillo, capturando la lubricada piel del tallo y el glande.

    - ¿Quieres ver más? –la pregunta hubiese sobrado, no por saber la respuesta de antemano sino por pronunciarla al mismo tiempo que ambas manos de Francia ascienden por sus piernas, empujando el borde del vestido a su paso.

    Francia se conoce bien, sabe que su piel bronceada se traduce en bienestar. Como mujer que es, sabe que las horas invertidas en cuidar el aspecto se traducen en señales sociales de sofisticación, tan próxima a las modelos y actrices que marcan la erótica de la belleza actual.
    A ella le agrada mostrarse así junto a su carácter firme y de complejo intelecto, sobre todo le gusta ver el resultado en los hombres que viven atrapados en los preceptos del estilo y la moda, como si ella existiera para ser una trampa viviente, un imán consciente de su temporalidad, que lucha camuflado en la constatación.

    El vestido de Francia sube hasta quedar a la altura de la cintura, después de levantarse ligeramente para liberarlo bajo sus nalgas. Sin dejar de mirar a Max ni juntar la descarada apertura de sus piernas, mantiene sus manos en las ingles, enmarcando el rasurado del pubis y la formación de los labios. La fruta usada descansa sobre el taburete, reflejándose en el pulido metal, al pie de su sexo.

    - ¿Te gusta lo que ves? –ella no le deja afirmar- ¿o hay algo que te guste más?
    - Hay algo más –los ojos de Max se mueven rápidos por el torso de Francia, volviendo de inmediato a los ojos de ella- tus pechos, sería agradable poder observarlos.

    La sonrisa de Francia no es de satisfacción, por haberse referido él a la parte de su cuerpo que pocas mujeres pueden conservar tan espléndida y exuberante sin intervención alguna. La sonrisa de Francia es inteligente, sintomática de estar siendo complacida por el sabio juego de Max, quien a declinado corresponderle con pureza, aunque a él lo que más le pudiera estar gustando son los ojos y la mirada de ella.

    - No te he dicho que pararas –le recuerda Francia que desea verle enjabonándose, en particular acariciándose el sexo, mientras ambos continúan sin evitar la mirada, ajena ella a que él haya vuelto a cerrar su mano alrededor del pene, ajeno él a que ella se desabroche los tres botones del vestido que permitirán mostrarle la desnudez de los pechos.

    La distancia entre Francia y Max se mide por un cristal empañado, surcado por los dedos de él, trazando brechas con las palmas, para que ella le vea.
    Así es como nos vemos –piensa ella- siempre amparados por una frágil coraza que podría transparentar, pero incluso así seguiríamos lejanos, como el sueño incapaz de suceder, a no ser que todo y todos se detuvieran menos “él” y yo.

    Los ojos de Max, centrados en la clienta, adoptan la mirada precisa de unos párpados relajados y un iris atento a la totalidad de la mujer, con la clara intención de arrancarla de los sueños que la alejan del lugar.

    - ¿Sabes lo que hace una mujer cuando está sola, en su intimidad? –el canto del dedo índice y corazón de ella se agrupan de inmediato ante la boca, indicando silencio al hombre de la ducha.

    Apoyando una mano en el borde del taburete, para inclinar mejor el cuerpo de mujer a medio deshojar, Francia alarga la flexión de las piernas, mostrando una más franca visión de sus labios entreabiertos. La caricia de su otra mano se hace ligeramente ruda por segundos, al reconocerse los pechos. Luego desciende, reencontrando la seda de los muslos.
    Al cerrar los ojos, la esclava fresa ya se encuentra entre los dedos, surcando de naturaleza la herida femenina donde se endulza el goce.

    - No quiero que te corras –los ojos de Francia se abren repentinamente, certeros en la dirección- quiero que mires y sufras, que dures en mi placer, que la distancia invisible entre ambos se materialice, que no sea suficiente no tenerme –la fresa penetra en el sexo de Francia, perdiendo poco a poco la frescura, en el infierno de su intimidad- no quiero que vengas, sólo deseo que existas exento a todo lo demás, que seas sincero con tu necesidad y no ocultes la soledad que intentan engañar tus manos –Francia vuelve a cerrar los ojos- mírame gozar, observa como me gusta soñar y hacia donde viaja el ser cuando es atemporal con el placer, siente tú mismo el prolongar impuesto hacia el infinito de las ganas –la respiración de Francia se acelera, sin acelerar la suavidad de la masturbación que mantiene flotante a la ardiente fruta, entre unos dedos penetrantes cuyo cuidado obliga a dilatar lo humano- no dejes de mirarme, vive la imagen de mi cuerpo en satisfacción, el cambiante estado de mi piel, el estremecer de mis piernas y la compresión en mis pezones, los temblores en el vientre, el brillo renovado en los cabellos, mi boca húmeda y sedienta a la vez, los ojos que durante el clímax te vigilaran, comprobando el cumplimiento de mis órdenes mientras caigo en el orgasmo.

    Max logra distraer la sensación sin quitar atención a la clienta. Un comportamiento demasiado atento parecería ficticio para la señora. Una manera de hacer demasiado ligera y poco complaciente en las órdenes desmerecería su profesionalidad, basada en la comprensión de lo femenino y humano. Lo más inteligente es sentir el propio interés desde la curiosidad masculina, observando lo que hace la mujer desde un plano de iguales intereses, evitando la preferencia fantasiosa que pudiera recuperar la realidad.

    Max continúa en la ducha, dominando sus ansias de satisfacerse, con la suavidad de las manos rodeando su miembro, calmando la rabia, al tiempo que sostiene en evidente erección la prueba de un interés sexual hacia la clienta.

    Francia experimenta el orgasmo en exhibición. Su cuerpo muestra los secretos de la satisfacción que Max aún no conoce. Como un envoltorio a medio abrir, mal abierto con provocativa ansia, Francia vuelve a sentarse. Sus piernas continúan mostrando el sexo recién satisfecho, ahora más brillante por el flujo que los dedos han esparcido sobre los labios y el pubis. Sus pechos continúan excitados, tensos, plenos y lujuriosos, rebosando por el escote irregular del vestido. Sus cabellos desordenados hacen más peligrosa la oscura mirada de sus ojos, enmarcados por el rimel de las pestañas.

    - Enjuágate –sin parpadear, Francia se acomoda para ver el agua corriendo sobre la piel de Max. La atención que sugiere su inclinación hace entrar en contacto el femenino sexo con el frío metal del taburete, algo que sabe él estará mirando.

    La espuma es arrastrada sobre los hombros, cayendo curva abajo de una espalda masculina, sobre el torso, los pectorales, camino de un vientre plano contrapunto de la carne alzada que Francia desea observar. La espuma desciende sin remedio por los muslos, las piernas, hasta escurrirse de los pies.
    El disfrute se pronuncia con brillo en los ojos de Francia. A ella le agrada mirar cómo se ducha un hombre, el que ella ha elegido. Es ese un hecho que no pasa desapercibido por Max, sin embargo, se muestra acertado en satisfacer a la clienta sin petición alguna, sorprendiéndola con la imaginación que ella imagina.

    - ¿Te gusta lo que sientes? –la pregunta de Francia suena plena de curiosidad, al ver que Max centra los chorros de la ducha sobre su erecta verga.
    - ¿Quieres hacerlo tú? –responde Max, sin dejar de regar la enhiesta presencia, lentamente recorrida por la soportable presión de los finos e impertinentes chorros.

    Responder con una pregunta no es siempre una maniobra evasiva. La pregunta de Max es clara de contenido, sobre la satisfacción que experimenta al recibir el paso de las múltiples y constantes presiones contra la receptiva piel de su verga.

    Francia prefiere retarle con la espera.

    - Quiero más, me gusta ver los leves espasmos que no puedes controlar –Francia define su predilección sin que hubiera necesidad de hacerlo.
    - Tengo un límite, todo hombre lo tiene, puede que la realidad aparezca antes que tu fantasía quede satisfecha –los últimos espasmos del estimulado pene han sido demasiado seguidos, Max sabe que la mente no puede controlar infinitamente las sensaciones, las reacciones siempre terminan por hacerse inevitables.

    - ¿Te gusta la música? –la nueva pregunta de Francia disculpa la continuidad de la acción que contemplaba.
    - ¿Qué tipo de música? –serenamente retira la acuosa estimulación que hace peligrar su contención.

    - …más concretamente los instrumentos de cuerda –La mirada de ella no da tregua a la contemplación del cuerpo y prometedor sexo que erige Max, aquel quien con su apodo la excita por traerle añoranzas de fantasía que puede ver cumplidas.

    Los movimientos de él son seguros, sin prisas y respetuosos con las etéreas normas que rigen el encuentro. Cierra el grifo y abate la mampara de cristal. Su atractiva piel enjoyada de gotas le da un toque virginal, de proximidad a la pureza natural por la que existe la vida. Mientras sale de la ducha, su verga se mantiene en la cúspide de la erección, como si ese estado fuese su habitual habitar en el cuerpo de Max.
    A Francia le gusta verle así, sin mandatos ni quejas que le obliguen a la prominencia impuesta, le gusta que sea así durante todo el tiempo que siga con ella, sin buscar explicaciones sobre la capacidad de él por mantener su miembro en pleno estado de excitación.

    - ¿…cómo cual? –frente a ella muestra su interés por conocer los instrumentos a los que se refiere Francia, sin intención alguna de tomar iniciativa, mientras el aroma del jabón que las residentes gotas arrancan de los poros se mezcla con el perfume salado, imposible de disimular en una verga expectante de recibir nuevos estímulos.
    - Acércate más –Francia se incorpora en el asiento, sin desviar la mirada en los ojos de él, sabiendo que el glande precioso de rabia quedará ubicado bajo su olfato- hueles a sexo, no puedes esconder tu debilidad –las palabras de ella rozan el atractivo vientre de Max, mientras su cuello acurruca bajo la mandíbula la piel que corona la imperiosa necesidad masculina- gírate, veré si puedo interpretar algo, serás mi violonchelo.

    Por instinto, Max alza los brazos y los coloca detrás de la nuca. Francia observa de cerca la húmeda piel del hombre que queda entre sus piernas como su instrumento, se deleita el olfato con la fresca presencia del desconocido masculino, pasa sus yemas suaves sobre la forma de los músculos, acaricia con su mejilla el rocío en los costados de la cintura, mientras las manos reconocen los firmes pilares de las piernas. Finalmente, acomoda su comisura izquierda sobre la piel de Max, en la cadera de él, dejando que los senos se acoplen en la curva de la espalda donde se inician los glúteos, observando en el espejo de su derecha la escena de caricias que interpreta la música de su mente, sobre el vientre, los muslos, alcanzado el pecho de Max a ratos, jugando con los dedos al largo de la verga, pasando la mano entre las piernas de él, acunando el escroto, avisando que el controlado sostén de su palma podría desafinarse y cerrarse, hasta indicar quien manda sobre quien.

    Francia tararea una melodía clásica poco conocida. El murmurar de sus notas se detiene por segundos, cuando besa la cintura de Max, pero sus manos no cesan el agradable vaivén que desliza sobre la piel de él. Ella le mira en el espejo, observa como sufre de delicia la contención que él se obliga, la que ella no busca vencer sino disfrutar que exista ante la persistencia de las sensaciones presentes y su prolongar.

    Max, el sumiso acariciado, parece habitar con la comprensión en el mundo de Francia. Su cuerpo recibe y siente el suave placer que prolonga y hace lejana la prontitud de un clímax acostumbrado. Su piel queda hipnótica de una agradable electricidad que permanece en su ser, conectándolo por cada poro a algo que pertenece.
    La mente de él conserva el dominio de la voluntad con el que logra atender a la clienta. Pero su alma empieza a hacerse evidente en los ojos, cuando después de volver a mirar abajo, donde las manos de Francia rodean de nuevo su pene con dulzura insana, donde ella disfruta de la estatua que puede tocar y palpar para goce de su particular sentir en relación a las formas mantenidas, mientras él, en esa cercanía evidente, es abandonado como hombre en su tópico, sintiendo que sólo aparece la verdad idílica que ella prefiere y él contiene.

    Los ojos de Max se enfrentan a los de Francia en el reflejo del espejo. Su mirada es educada, por conservar la posición y continuar siendo su cuerpo el instrumento con el que ella interpreta la música, pero el fondo de arrogancia se hace evidente, mostrando un disconforme estado.
    Debería darle igual la preferencia de la clienta, de hecho él sabe que así debería de estar sucediendo, conociendo que la normalidad de un encuentro parecido se resolvería hacia otros caminos igual de interesantes, de doblegar él la terquedad inusual por correr hacia el final de una de esas exasperantes sensaciones que le torturan a cada visita, eyaculando sin contemplación.

    Max sabe que ella lo sabe. Francia no le está obligando a retrasarse, pero él tampoco ha encontrado el habitual juego donde la hembra se empeña en lograr la aparición del esperma que alberga el macho. Es ese algo extraño, esa violencia sin serlo, por suceder todo en un ambiente atemporal, lo que le atrapa y le hace ser distinto a otras veces. Las necesidades de su cuerpo parecen rebeldes a esas otras necesidades que no puede comprender y que le vienen de algún rincón en el cerebro, puede que de algún otro rincón más enigmático y que jamás le había descubierto una clienta ni alguna otra mujer.

    Francia le sabe luchando, lee en los ojos de Max y ve el etílico de incomprensión que delata su éxito. Ella continúa un poco más con la pieza murmurada.
    Mirándole tan insistentemente como él la mira, le da a entender que toda composición tiene un inicio y un final, y que depende del receptor el saber disfrutarla de manera íntegra. A punto de finalizar las últimas notas de su autoría, mientras las manos se hacen más lentas sobre la piel de Max, ella empieza a sonreírle hacia un engañoso relajo.

    - Estas deseando que me la meta en la boca –con el pausado calor de las palmas aún sobre el vientre de él, manteniendo las manos quietas y hablándole a través del espejo.
    - C'est une forme de le dire un peu vulgaire pour une femme si cultivée (1) –con la frase, sin perder la educación y con acertado francés con el que pretende imponerse, Max muestra la vital incomodidad que siente al no poder su voluntad dar resolución al encuentro.

    - Hubiese estado mejor hacerlo, ¿piensas eso? –las uñas de Francia rodeando la erecta veracidad, recorriendo a lo largo el tallo carnoso de Max.
    - Une femme ne traiterait pas un homme de son désir comme ça , elle le ferait le sien sans embarras (2) –se gira él mientras insiste en francés, por la invitación de Francia al posar las manos sobre su cintura.

    - ¿Qué crees saber tú sobre el cómo dirigen las mujeres su deseo, para complacer el deseo complaciente de los hombres? –Francia se levanta frente a él y termina de desabrocharse el resto del vestido- ¿tienes miedo de ser tú, de conocerte y conocer lo que te gusta más allá de complacerte con ser servicial? –ella le hurga para comprobar si vuelve a contestarle en francés.

    - Peux-je te toucher? (3) –empieza a dudar Max, sobre si ella le está entendiendo al dirigirse en otro idioma.
    - Du kannst mich berühren. Du kannst mit mir tun, was du willst, du zu befriedigen, ebensogut wie du befriedigst mich. Du kannst mich küssen und mich lecken. Du kannst in meine Vagina mit deinen Fingern, mit deiner Zunge, mit deinem Schwanz eindringen. Du kannst mich den Orgasmus ebenso oft fühlen lassen, wie du willst. Ich bin sehr dankbare, Schöne Augen (4) –la respuesta en alemán suena contundente y dominante, pero se hace incomprensible para Max.

    Ambos cuerpos desnudos, uno frente al otro, se miran y esperan desde el interior.

    A Francia le gustaría que muchas cosas fueran distintas, pero decirlas es arriesgado. Después de suceder como ella desearía que sucediera con él, la realidad continuaría siendo la misma, aquel que perdió una vez no volvería.

    A Max le gustaría que ella le pidiese qué hacer, sin dejarle en el estado inicial del haberse conocido. Las relaciones basadas en la diferencia, difícilmente pueden alcanzar el nuevo deseo de una relación auxiliadora contemplando la igualdad. Las manos de Max continúan inmóviles, dudosas de equivocarse y seguras de conservar la espera, tal como iniciaron en la presente relación con Francia.

    Ella da mínimos avances imperceptibles, movida por unos pies que reptan en la proximidad con la punta de los dedos. El leve contacto de las pieles va haciéndose cada vez más real, del previo buscarse entre los iones del vello pasan los cuerpos a sentir el calor del opuesto.
    Francia se detiene. Su pecho ha quedado pegado al de Max, el corto cabello de su pubis entabla microscópicos enredos al rozarse con el pubis de él, las palmas se sienten enfrentadas en la timidez que acompaña el tacto de las yemas, la respiración es demasiado cercana para no respirar el aire del otro con intención de desvelar los pensamientos, los ojos de ambos voltean, persiguiéndose los rasgos en la insignificante distancia de sus horizontes, los labios parecen contener la sabiduría de qué hacer.

    La única decisión se posa en las manos de Francia, sobre los costados de Max, ascendiendo el vértigo por la espalda de él hacia la nuca. Los dedos penetran en la base del moreno cabello, con una sinceridad crítica que ella resuelve al sujetarle del pelo para que se mantenga quieto. Cae el primer beso de Francia en una boca que desea, portadora de lo soñado, deseando que el deseo de la boca ajena sea lo único que le pueda ofrecer.

    - Ton bite brûle, mon ventre est brûlant (5) –ella acorta un poco más la inexistente distancia entre ambos, aplastando entre los cuerpos la dura verga y su opulencia de calor, coincidente con la francesa cercanía de las palabras.
    - Deberías usarla… -los besos de ella en su cuello, no permiten que pronuncie todo el pensamiento que la anterior entonación le ha provocado.

    Sin hipnosis, pero hipnótico en la duda de arriesgar el muro de lo personal, Max soporta con doloroso agrado los besos descendiendo por su cuello, tiernos en sus hombros cuando aparecen entre las caricias de las manos, fogosos en su delicada permanencia al suceder sobre su pecho, húmedos en el pegar de los labios contra la piel de su vientre, pellizcando el control cuando picotean su erección, profundos de confianza cuando entre los labios asoma la lengua que le recorre el escroto, llevándose adentro del mar de boca un testículo, luego otro. Descienden los besos por los muslos, la mejilla de Francia se roza con la piel interior, sabiendo que encima de ella se encuentra la espoleta de todo.

    A ella le sigue gustando ver esa parte masculina evidente, en composición de contrapunto a la esbeltez humana, indicando las funciones animales más alejadas del cerebro. Hacerle correr sería un fracaso.

    - ¿Qué opinas sobre lo que piensan las mujeres al elegir un hombre? –sin tocarle aún, la cercanía de la boca, la nariz y la vista se pasean juguetonas a escasos milímetros de la expectante virilidad.
    - Supongo que os fijáis en su planta –continúa él la conversación, manteniendo la sumisa actitud en la que se ofrece.

    - Podrías ser menos correcto por una vez y arriesgarte en la opinión –el dorso de la mano de ella acaricia la cara opuesta de la verga que sigue observando de cerca.
    - La imagen de seguridad, a eso me refiero, a que un hombre parezca seguro de sí mismo, eso os seduce –la profesionalidad de Max, aquella que le define en su perfil como atento y complaciente que sabe esperar, se revuelve en su sostén mientras las ganas de sentir a Francia chupándosela imperan en el anonimato verbal.

    - ¿Por qué razón? –prosigue Francia con su posición de clienta.
    - Un hombre inseguro os sabe a sin futuro, en cambio –Max hace una pausa al sentir en su glande la tierna tortura de los labios de Francia- uno que logra transmitir esa imagen de seguridad os cautiva por veros al lado de él, o por desear apoderados de esa seguridad, en el fondo para sentiros relajadas en la protección, supongo, el placer es una trampa protectora que se asegura con adicción –los dientes de Francia le marcan con seriedad en el humor del juego.

    - Vas muy mal encaminado –la mano de ella ya rodea la verga- tenéis la banal costumbre de vernos cómo queréis que seamos –los movimientos de la mano son largos en su lentitud, la mirada no se desvía del color de la carne hinchada.
    - ¿Entonces? –Max desconoce que el grado de inocencia que impregna en sus curiosidades es muy agradable para Francia.

    - No te engañes Max, nosotras sabemos ver cuando un hombre está seguro de si mismo –la mano se detiene en la base, dejando al descubierto toda la magnífica constitución del sensible ariete- y eso sólo sucede cuando un hombre cree que tiene entre las piernas algo que pueda interesar a las mujeres –el índice de su otra mano inicia un camino de reconocimiento por la orografía del bulbo y las venas, otorgando veracidad a la falacia tras la que se esconde Francia- también es cierto que algunos creen en lo que no tienen, pero lo que está claro es que a nosotras nos interesan las pollas, cuanto más gordas mejor y si también son más largas de lo debido, pues mucho mejor y que sean bienvenidas en grupos. No hay más, somos autónomas al seleccionar el mejor ejemplar que podamos usar para gozar. Es un tópico lo del romanticismo y el amor.

    A Max le desconcierta esa doble actitud de la clienta, tan culta y sofisticada y a la vez tan básica en ocasiones que parece a postas, quitándole atmósfera al hecho de las relaciones sexuales entre hombre y mujer, también entre ellos.

    - El facto de lo sublime en la desmesura, es como el pecado de gula, donde el comer no alimenta lo orgánico sino la lujuria enclaustrada en el alma –Francia continúa su comunicado mientras usa las dos manos para masturbar al profesional.

    La doble vertiente interpretativa en la conducta de la clienta, logra aturdirle a ratos. Max empieza a perder el tesón profesional y entra en la posesión de sus sensaciones traducidas en previos espasmos prolongados.

    - Ni se te ocurra correrte, a mi me gusta tocártela, manosearte, acariciarte la polla, besártela incluso, pero eso se terminará si te satisfaces de mi. No olvides que soy la clienta y que tus emociones conmigo no cuentan, sólo vale lo que yo quiera y no es precisamente verte eyaculando como un mono.
    - Pero, lo haces, harás que me corra –Max aún logra controlarse con la respiración.

    - Si tú confías en ti yo también podré confiar en mí, sólo así sabré cómo hacerlo y cuando detenerme –Francia aumenta la presión de las manos, el movimiento de vaivén se ralentiza. De pie, pegada al costado de Max, vuelve a besarle el cuello.
    - Lo que dices es inconsecuente, nadie puede mantenerse en el infinito de tus argumentos –el tono de voz delata nuevamente el desagrado a la situación, el gesto de su cuello no esconde el enfado al separarse de los besos.

    Francia relaja progresivamente sus manos. Todo parece continuar como antes, él desnudo, ella desnuda, la verga erguida en plenitud, la entrepierna de ella secretamente encharcada. Se distancia unos centímetros, como si no fuera ella con los pies sino la distancia real entre ambos. Él no es él, ella no es ella. Él se fue hace mucho, ella no está.

    Hay ocasiones en las que el tiempo desaparece como tal. No pueden saberse los minutos que pasan estando Max inmóvil en el baño, mientras Francia sale por la puerta sin decirle nada más, ni siquiera un gesto que delate alguna inquietud o nueva decisión. El tiempo de soledad para Max se hace reflexivo en su escudada mente, también en el corazón. Son tantos los segundos que acumula la detención del tiempo, que al recuperar la razón en el contexto que ocupa, se ve defraudado. Se acuerda de la clienta, de que no le ha dicho qué hacer. Se acuerda de su único mandato y con las manos se impone olvidar la amenazante flacidez.

    Al llegar a la habitación vuelve a ser el hombre seguro que pronosticaba Francia. En el umbral de la puerta se presenta enmarcado, como un cuadro que espera sea descubierta su realidad para perdurar en el conocimiento que otros se llevan.
    Francia se incorpora en el borde de la cama. Su cuerpo continúa tan calmado como al empezar, consecuente con su intención, firme a su posición. Sus pechos abultan entre los brazos, mientras las manos se apoyan en la colcha, entre las piernas, haciendo infranqueable la recuperación del femíneo lugar.

    - ¿Qué quieres que haga? –la pregunta de él suena gruesa y segura de poder atender cualquier petición.
    - ¿No quieres irte? –la pregunta de ella, sin evasión, le otorga la libertad.

    Pero Max no es libre de si mismo, no desde que decidió ocupar este lugar tras resolver la primera duda y ver que las demás que iban viniendo se resolvían de igual manera, hasta toparse con Francia.

    - Sabes que no, no sin haber terminado lo que quieres de mí –su voz es la de él, pero mutado a un rincón blindado, ciego a todo lo demás que le hace ser.

    Francia respira hondo. Sus pechos se incrementan con tentación, ambos paraísos dispuestos a hacerse uno para quien sea el elegido de alojarse entre ellos. La franqueza de su sexo aparece entre las manos, en silencioso peregrinar de las palmas sobre los muslos que empujan, hasta posarse los dedos en los costados, sobre la cama. El ladeo de la cabeza es lento y observador, Francia sabe lo que está ofreciendo, no sólo su cuerpo.

    No es necesario repetir las reglas, no las hay, por no estar sucediendo para Max todo lo que sucede. Lejos de inquietar al sujeto y provocar en Max una sensación frustrante, el efecto de no existir le enriquece los dones. Paradójico es ser un fantasma no siéndolo, entregarse sin hacerlo, no sentir mientras se está sintiendo, ver el resultado exitoso de los actos sin haber estado.

    Continúa el tiempo detenido, en el lapsus existencial de Max donde se acerca con sedada alma a la carne que le llama. Se agacha, se arrodilla entre la seda de las piernas sabiendo qué hacer y hasta donde llegar, sin duda, hasta el final.

    Momentos sin palabras, mínimos gestos, junto a una tranquila acción que besa, lame, recorre humedeciendo la humedad, penetra y acaricia sus labios contra los labios de Francia. Instantes dedicados sin avaricia, generosos en la intención, sin el interés de que nada se termine. La boca de Max se deleita en el manjar de Francia como si ella le ordenase la variedad de movimientos y la cadencia de cada atención. Ya no es Max, ya no es el hombre en si mismo, sino el placer apoderado que debe devolverse.

    No puede hablarse de orgasmo ni enumerarlos, porque para Francia la experiencia es un estado continuado de desinhibición en el espíritu, acumulando haces supremos que la devuelven a la levedad intrínseca de su ser. Max continúa con ajeno deseo su entrega de favores orales, sin descifrar ni tener la curiosidad de atención sobre la suma de efectos que deposita. Para Max ya no hay decisión sino comunicación de una única entidad, desde dentro y fuera.

    Entre la expiación, amenazando con la perdida de los sentidos, Francia interpone su mano con lentitud, hasta sentir la boca de Max lamiéndola, buscando y chupando cada uno de sus dedos, imparable de actitud complaciente. En cercana inconsciencia vinculada al extremo estímulo, desliza los dedos piernas abajo con el objetivo de permanecer plena de sentidos en el lugar. La saliva de Max esparcida en la palma de Francia le reencuentra, nuevamente se aferra ella a la insistente erección, lubricándola mientras tira de la misma. Se alza Max un poco más, hasta quedar atrapada su verga entre el paraíso de los deseados montes.
    Continúa reinando el silencio humano, perceptible tan solo en los jadeos confundibles de un estado difícil de determinar si animal o espiritual en Francia. La verga de Max es restregada entre la cárcel de senos, al compás de la vulva que se restriega contra su muslo.

    No es necesario volver a indicar lo único que Max debe respetar, él contiene con disimulada frialdad el latente efecto que pugna por aparecer. Imperturbable en la expresión, pero profesional en el cumplimiento de la erección, Max contempla el desbordamiento sexual en los movimientos de Francia. Ella mantiene los párpados cerrados, la cabeza ladeando como si él no estuviera enfrente, sus manos apretando el volumen de la maquinaria humana con la que le masturba, la proximidad de su vulva humedeciendo repetidamente la piel de su pierna. Max cumple con creces y espera que ella se sacie cuanto antes de torturarle.

    Pero las cosas del sexo, cuando las deseamos no suceden y cuando las evitaríamos por estar utilizándonos, duran demasiado.

    Francia parece que viva dentro de la mente de Max, sabe detenerse cuando conviene. Entonces le devuelve la mirada, calibrando en los ojos de él el grado de probabilidad hacia lo que ella considera fracaso.
    Al detenerse ella, parece que se frene el mundo, todas las sensaciones a la vez. Atrapado en la pausa de sus pechos es consciente de la detención del tiempo. Ni hacia delante ni hacia atrás, anclado en un estado neutro que no minimiza la causa ni el potencial efecto.

    La sonrisa de ella abre una nueva carrera, en un principio premonitorio de que la imposición sea sólo un juego que esconde el real deseo de ver salir su esperma sin contención. Luego, la mirada recupera la ausencia de él, las manos de ella recuperan la fe en la opresión que trae las sensaciones del leviatán interior, y el encadenado de efluvios gozosos se repite contra su muslo.

    A Max le tiemblan las piernas y los párpados, al igual que si el tomento estuviese siendo aplicado con dolor. Su miembro ha logrado cierto estado de insensibilidad, pero no por ello le presiona en el pecho un ansia revolucionaria.

    De repente, la soledad momentánea. El ensañamiento de los pechos desaparece, aparece el frío de la humedad persistente en la huérfana piel del muslo, nada de ella le roza ni acaricia.

    Max respira hondo antes de abrir los ojos, tras los cuales escondía su precipicio.

    - Ahora fóllame –Francia le ordena sin intermedios posibles.

    A la altura idónea se exhibe una Francia apostada de espaldas, perceptiblemente inclinada con su cara contra la colcha, mientras su arrodillamiento muestra la carne labial que Max deberá soportar hasta la consideración del placer por parte de la clienta.

    La verga de Max entra en la mujer, impasible a su estado de estallido. Por alguna razón que no puede evitar, la fornicación no es meramente mecánica. Puede entender su posición comercial y la confusa posición de la que a ratos se le antoja como mujer en igualdad de condiciones. Quizá por el temor a la incontinencia eyaculatoria y perder con ello el dinero del servicio, la fornicación no es extrema, sin aprovechar la rabia sexual que ahoga a Max. Puede que dar el servicio más turbulento de su recién carrera, le permita mantener la atención que es incapaz de negar a Francia.

    Tratarla como mujer y amante antes que desespero de la soledad, ofrecerle las caricias de sus manos, aproximándose al posesivo tacto con temor de sentir bajo las palmas el agrado, penetrarla a oleadas de un mar calmado llegando a la playa, a ratos profundamente, en otros visionado lejano, sabiendo que es esperado, tratarla incluso con cariño, sin azotes o brusquedades venidas de un idealizado sexo sin más, no es el trato que Max hubiese imaginado saldría de él.

    Sale a flote la parte inherente de Max que busca a la mujer. La monta con ternura, en un paraje natural que no existe más que en el sentimiento interior, legítimo de aquella otra no presente.

    - ¿Él lo hacía así? –la pregunta de Max no detiene el acto, coincide con una interminable penetración que promete culminar en la base de su polla, quedándose dentro mientras la sujeta por las caderas y ondula suavemente la pelvis contra ella.
    - ¿Lo haces así con ella? –la réplica de Francia suena amortiguada por el cojín sobre el que jadeará el orgasmo.

    Por un momento, Max detiene la profunda penetración en el fondo de la mujer.

    La interpretación de los actos sexuales durante la ejecución de los mismos, suele ser confusa al coincidir e intentar relacionarlos con los sentimientos. Son segundos en los que se cree hay un efecto que influye en la decisión carnal tomada, donde Francia también espera el único desenlace posible como clienta.
    En segundos, retoma la fricción de los lubricados órganos. Quizá haya sido una pausa voluntaria para despejar los sentidos, para que ella se sintiera rellena de él o para que ella también sufriera con la efímera cadencia, sin alcanzar el siguiente orgasmo en parecida alternancia.

    Incapaz de verse prolongado en una acción sin eyaculación, el turbulento miembro de Max abandona la nutrida vagina, supliendo el vacío dos de los dedos de él.
    Para Francia no es suficiente la compensación que consiente. De inmediato, como son las cosas de quien no desea perder la escalada hacia el clímax, la mano de Francia se apodera de la punta de verga y tira de ella para que Max no pueda retirarse.
    No tardan los muslos de Francia en fibrilar, después de restregar en frenesí los labios de su vulva contra todo el largo de la virilidad.

    El jadeo de Francia es largo, a intervalos roto por el silencio, cuando ella misma es consciente del escándalo y gira la mejilla contra la almohada. El hombre usado en su presencia, inmóvil detrás de ella, sujeta las caderas de Francia, buscando equilibrio ante el desconsiderado apoderamiento de su polla que tira y tira a cada reproducción oral de los espasmos vaginales.

    - Métemela otra vez –indica con urgencia. Francia desea sentir la punta del orgasmo con él dentro, hasta que se disipe la sensación en compañía y vuelva a eximirse con la certeza de haber utilizado al hombre.

    Estar dentro de la mujer, conservando el estado que hace del sexo instrumento, mientras la observa y percibe el efecto de su inspiración, no es tarea fácil para Max. Sabe que está siendo usado, que así debía ser por ser él el ofrecido, pero no contaba con el desajuste profesional que la clienta le provoca. No es solo sexo, hay algo más en esa mujer que le alberga, que le ordena sugiriendo, que atenta a sus sentidos y sensibilidad. Algo intrínseco a la mujer que place es la causa de su desconcierto, a la vez que motiva la permanente erección de su miembro, como si agradeciese haberlo convertido en un juguete accionado por el ego.

    El placer que ofrece Max es exitoso, traduciéndose en estimulante de los objetivos profesionales. Pero ese mismo placer le place, convirtiéndose en el corte del límite establecido, formando relación con quien no quería que sucediera. Sin embargo, la relación que ata a Max es incoherente con la relación que marca Francia, en todo momento alejándolo de su igual, evadiendo al amante. A primera impresión parecería que Francia se quede con el cuerpo, con la carne, lo físico y superfluo que minimiza cualquier relación sexual, potenciando su olvido. Así era para Max antes de conocer a la clienta.

    Francia, con su coherente manera de tratarle, siendo ella la servida de un pacto convenido por la disponibilidad de Max, moldea un límite con el lenguaje, pero interactúa con la parte invisible de él, sin fronteras. Ella es próxima en su superioridad, no esconde su manera de concebirse como mujer, sabe mirarle a los ojos, sabe tocarle, besarle, hacerse cercana a aquel que obliga a ofrecer su distancia.

    Dentro de ella, en la caldera del orgasmo, Max no puede ser más que visitante, contemplando y anhelando tener lo que vive la otra parte. Las húmedas paredes continúan en convulsión refleja, sin considerar los efectos contra la piel de Max. El movimiento innato de la pelvis remite la que pudiera haber sido disminución progresiva de una conjunta penetración frenética. El peso de Francia empuja contra el vientre de él, invitando a que su pecho descanse en la espalda de ella, sin que él salga de su sexo, como si hubiesen sido dos los oportunos amados.

    - Lo diré yo por ti, diciéndoselo a otro –en la frase de Francia se comprende que seguirá algo que él también desea decir en ese momento, a otra persona merecedora y ausente. Después de una pausa que da tiempo a unir las manos de él por encima de las de ella, Francia pronuncia suave y nítidamente, como surgido de algo que les une sin remedio, las dos únicas palabras que Max había considerado prohibidas en su profesión- Je t’aime (6).
    - …yo también te quiero –sus ojos están cerrados, como los de ella. Ambos establecen una comunión que confunde los actos y hace anormales las intenciones, aquellas que amparadas en lo social siempre buscamos simplificar, para lograr despreciarlas frente a un comportamiento estricto y prescrito de las relaciones.

    En pocos segundos, quizá demasiados que arriesgan el poder clasificar los actos, pero justo a tiempo, antes de que lo reconfortante de Max logre sedarla, Francia desliza su cuerpo hasta salir de debajo de él.

    Max no pregunta ni exige, sabe que no debe hacerlo. Su estado global no es debido a ella sino a sí mismo. Su verga continúa tiesa, como si no se hubiera enterado del final, pero él ya está flácido en el interior, con un sentimiento que no comprende, un vacío de sueño que vive en la realidad frente a la clienta, algo que le llama y empuja hacia al llanto, al lado de lo único seguro que tiene.

    El gesto de Francia ayuda a Max en su acongojada alma. El pago de la cantidad acordada le devuelve la condición de aquel que ofrece sus servicios, sin considerar nada más de él. Francia lo hace sin tacto, de manera dura, fría y comercial, sabiendo que a él le dolerá el sonido del sobre al caer contra la mesita de noche. Está acostumbrada a sacrificarse.

    El slip azulado vuelve a cubrir el ecuador de Max. Francia le mira desnuda, caminando de espaldas hacia la pared, para mezclarse con las sombras.

    El pantalón tejano enfunda cada una de las piernas, ciñendo la hebilla plateada bajo el hermoso vientre del hombre. Francia se apoya en la pared, desnuda continúa mirándole.

    Max se calza las deportivas urbanas. Al agacharse, su desnuda espalda recuerda los hombros masculinos que una vez fueron de Francia. Ella no esconde nada del cuerpo que Max ha satisfecho.

    Por un momento la mira, antes de vestir la ajustada camiseta ideal a su constitución. Ella se mantiene en la penumbra, diferenciada por su desnudez, esperando que el claro oscuro la convierta en ficción.

    Absolutamente diferenciados por las ropas de Max, queda uno frente al otro, ella con lo único que puede ofrecer a quien ha hecho entrega de la verdad, él sintiendo el dolor de su pugnante verdad, imposible de entregar por no haberla querido la clienta.

    El gesto de aproximación se intuye antes de suceder. Los pies de Max desean ir hacia ella, abrazarla, darle el calor que merece un especial encuentro antes del adiós, pero ella lo evita con antelación al girar la cara y mirar el inicio de la noche por la ventana.

    Max siente que marcha sin nada, como debía ser desde antes de empezar. Le es difícil saber sobre la tristeza, la rabia, el desprecio o la comprensión, confundiéndolo todo.

    Ella continúa ahí, fuera de la despedida, como si todo ya fuese un pasado de otra época.

    Con la cazadora de cuero al hombro, recoge el sobre y acepta el daño, luego cierra la puerta sin decir una sola palabra. Dentro queda Francia, esperando ver como marcha por la calle.

    - Adiós –susurra ella, al ver que Max cruza la acera mientras se pone la cazadora, metiendo de inmediato el sobre en el bolsillo interior, cerrando la cremallera para luego hundir las manos en los bolsillos de los jeans y caminar seguro sin mirar atrás.

    Vuelve el tiempo como un cambio de estación. Cuando los hallados amantes de otros quedan distantes, lo hacen sin saber el uno del otro, sin escuchar la verdad e imaginando el silencio, viendo que no queda nada alterado porque no hay nada que se haya pronunciado para ser de ellos dos. Sin embargo, existe ese algo.
    La comunión de los sentimientos exige veracidad. El contrato salva a Francia y su ansia por repetir la necesidad, expiando la recriminación de culpas venidas del receptor. Francia conoce los riesgos de haber arriesgado a otro dentro de su constante pasado, porque ese otro encontrará semejanza al saborear una misma soledad universal.

    Marcha él ensimismado, preocupado por el choque de emociones y la falta de las mismas que considera importante sentir cuando una mujer le interesa. Quizá fuese esa debilidad lo que le condujo al negocio secreto, a espaldas de su mujer e hijo, por encima de reconfortar su naturaleza. Sentirse hombre, más allá de los tópicos, no es sencillo en una época de obligaciones que ahogan el amplio espectro del amor.

    Mientras camina, sin claridad en la razón, no puede evitar reconocerse de su mano, volver a posar los dedos en esos besos del cuello, depositados en los labios, en el pecho, los costados. Aún están allí como estigmas los besos que siempre deseó sentir, con la calidez y turgencia de los labios, besos de hogar de los que nunca escaparía, besos de mujer que nunca encontró y pensó no existía, besos con toda la importancia de los besos que un hombre como él pueda exigir, besos prometedores que no defraudan, besos junto a besos, entregando el mapa del tesoro que siempre quiso encontrar, con todos los caminos y sendas, todas las pistas y señas, todo el oro y joyas que el alma de una mujer pueda contener para regalarse al elegido. Besos sin olvido para aquellos que deben ser olvidados.

    La incipiente lluvia cae oportuna, desviando parte de la preocupación hacia el evitar quedar calado. Lejos de allí, la misma lluvia afecta el ensimismamiento de un cuerpo desnudo de mujer, pegada a la transparencia impermeable del cristal.

    Los pasos de él son rápidos hacia la boca del metro. En varias estaciones llegará a casa. Encuentra una sencilla ilusión al saber que no le esperan a esta hora.

    - Hola a todos, ya estoy aquí –al abrir la puerta del hogar, la voz de él disimula bien sus internas circunstancias.
    - ¡Cariño, que pronto llegas! –ella baja las escaleras, acaba de poner al pequeño en su cuna.

    No es la misma escena doméstica de costumbre, hoy no llega cuando ella ya está dormida.

    Ella le da el beso adoptado para la bienvenida, corto, cariñoso, en demasía familiar, con la distancia incomprensible, justificada por una paz irreal que impera e idealiza el hogar fuera de los efectos del atractivo y la seducción.

    Él la sujeta por la cintura, durante un par de segundos que parecen forcejeo, hasta que ella cede y se pega al pecho de su marido. Ella ríe, preguntando con la risa qué le sucede.

    La besa, con la turgencia propia que no precisa del recuerdo de otra, pero si de otra para entender lo que recibe, un enigma a descifrar para estructurar la comprensión del deseo en los labios y responder con semejantes besos, relajados, prolongados, infinitos, sin un tiempo que los gobierne.
    Ella no es aquella que él nunca tuvo. Es la mujer que tiene la que besa corto, la que distancia el beso sin ser inapetencia, la que indaga en el amor de otra manera.

    Perdiendo la orbita de uno y otro sobre la misma palabra, girando alrededor de distinto sol, ella resuelve la situación tal como la siente, inmediata a lo físico, apremiante de ser aprovechada la ocasión, creyendo que compartir el sexo es lo que siempre le ha apetecido a su hombre.

    De la entrada a la cocina, perdiendo los pantalones. En la cocina acorralado contra el horno, con su polla al aire, recibida de inmediato por una boca conocida que se deleita a su ansiosa manera. Del horno contra el mármol de enfrente, donde su mujer muestra las nalgas y entre ellas la hendidura predilecta para que se la meta el único hombre que dice reinar en su vida.

    En ocasiones, la realidad puede llegar a ser también fantasía, alejada de lo que realmente uno necesita. Las manos de él reconocen las nalgas de su mujer, los muslos, el vientre y los pechos. Su espalda es la de ella, sus hombros también, el pelo que la mano sujeta en una cola sin duda es el de ella, pero la enhiesta verga recupera la memoria de un proceso pendiente, metiéndose en el coño de otra.

    La lenta fornicación, semejante al hecho de hacer el amor, no tarda en aumentar de ritmo y dureza, curiosamente sin desagrado de la esposa, rompiendo la formalidad en la que siempre alcanza los orgasmos. Ella se ve incapaz de controlar sus emociones, de controlar su placer en el acostumbrado límite. Las inusuales embestidas y el diferente ritmo que descubre poder soportar, logran desbordar su centro sensorial, gozando del orgasmo por encima del nivel que había creído sentir como orgasmo.

    El cuerpo de ella pierde la conciencia humana y tiende a hembra, sus muslos se embellecen con naturalidad, sus pechos endurecen, el calor invade su vientre por fuera, ardiéndole por dentro, su sexo se humedece por encima de lo que acostumbraba su flujo, su cabeza no piensa en su marido, simplemente se desconecta para no procesar lo sentido y así dejarlo vivir en ella.
    Esta vez no teme perder la conciencia. Superada la barrera de su seguridad, ya no le importa el donde está, tan sólo sabe que aquel con el que está es el que vio por última vez en la cocina, al único que ella admitiría invadiendo su interior.

    El clímax es único, pero acontece solitario para ambos. Ella grita como nunca antes, jadea y gime, respira a tragos, desploma el cansancio de sus muslos atrapando las manos de él al apoyar el pecho contra el mármol, mientras sus caderas continúan con el instinto de la fornicación.
    Él estalla sin consideración, gozando por el mero hecho de tenerlo pendiente, derramando el mar de flema en el pozo de hembra, bombeando su ansiedad y recuerdo dentro de la presente mujer que ha dispuesto satisfacerle. Ambos quedan satisfechos, con el hormigueo de la aturdida conciencia, pero a Max le duele más que a su esposa la individualidad de lo compartido.

    Saciados, vuelve él atrás, contra el horno. Ella queda enfrente, girada y mirándole.
    Hay miradas cercanas que delatan y comprende lo lejos que queda el horizonte, al punto de las preguntas. Sin dar tiempo a mayor reflexión que pudiera entorpecer la perfecta relación de familia, el marido recoge sus ropas y se viste. Ella se ve motivada hacia lo mismo.

    - ¿Hoy no trabajas de noche? –pregunta la esposa, mientras repone las bragas a su lugar.
    - No, les he dicho que lo dejo, el turno de noche me está afectando demasiado –se excusa él- quería encontrar el momento para decírtelo.

    - ¿Y el dinero? –pone de manifiesto ella aquello con lo que él la tentó, para disponer de más medios hacia la felicidad.
    - Todo irá bien, haremos menos cosas, el crío tampoco sabría apreciar ahora mismo más viajes o mayor confort –va él en contra de las creencias que satisfacían lo invisible a los ojos de su esposa.
    - Te quiero –por primera vez el beso de ella se aproxima a la esperanza que él exige aparecer- …ahora que no tienes trabajo nocturno, podrás sacar al perro, que el pobre está solo todo el día –el perro llega a la cocina en el momento oportuno a su felicidad, la caricia de la pareja se reparte por el lomo y la cabeza del can.

    El marido toma la correa del cajón, un par de bolsas “cleancity” y la pelota de caucho que tanto aprecia el animal.

    - Vamos Max, venga muchacho, hoy es tu día de suerte –el perro salta para cazar la pelota en alto que su amo sostiene.

    Meses después, la pareja tendrá su segundo hijo, una niña.

    LEAN NO SEAN FLOJOS , AGRADESCAN SI LES GUSTO
     
  2. the

    theg4m321
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    Cabo

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    Siempre pones relatos de sexo xD



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