Una anciana de 81 años vive invadida de okupas

Tema en 'Curiosidades' iniciado por Jes5888, 10 Mar 2012.

  1. Jes

    Jes5888
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    No se acuesta hasta pasadas las seis de la mañana para vigilar que a sus vecinos no se les ocurra entrar en su casa y robarle alguna de sus pertenencias. Está siempre alerta y al acecho de todos sus movimientos. En la puerta, un cartel anuncia al "señor ladrón" que en el interior no hay nada de interés. Es un sinvivir y eso que su casa es un pequeño oasis entre el continuo zumbido de los coches que circulan por la ronda General Mitre. Maria Dolors Castells i Tosquella tiene 81 años, es viuda y desde hace tres soporta con mucha angustia el ir y venir de los okupas que se han instalado en una parte anexa de la finca en la que vive. Se trata de la casa Tosquella –entre Vallirana y ronda General Mitre–, un edificio modernista catalogado por el Ayuntamiento de Barcelona, en el que vive como inquilina desde que se casó. El antiguo chalet, construido en 1906, perteneció a sus padres, ella nació allí, y ahora es de una sobrina.

    Aun viviendo esta angustiosa situación, dice que no abandonará. De fuerte carácter y ojos vivarachos, asegura, mientras sostiene un ducados en la mano, que no se irá de la casa "hasta que se muera". Sus hijos han intentado convencerla, pero no hay manera. "No podría estar metida en un piso, me faltaría mi jardín. Y esta es mi casa", dice mirando las plantas que crecen en el patio.

    Todo empezó hace tres años, cuando se percató de que en la construcción anexa a la casa –que estaba vacía– y que comparte jardín había gente. Tenían luz, televisión –la antena sale por una de las ventanas– e incluso disponían de unas llaves para entrar por una pequeña puerta, situada en la calle Vallirana. Pronto las basuras empezaron a acumularse en el interior del patio. Ella se apresuró a colocar elementos para impedir el paso hacia su jardín. Lo llama "la barricada". Pero los olores, las ratas y los insectos no entienden de fronteras. Un nido de porquería con el que aún tiene que convivir, a pesar de que reconoce que "los últimos que han entrado no son tan sucios".

    En el patio que da a la edificación donde viven los okupas se amontonan tiendas de campaña, sillas, mesas y platos sucios. En el interior, la basura acumulada casi llega al techo de una de las estancias, lo que provoca un grave problema de salubridad.

    Hace ahora casi dos años, la finca fue protagonista de un dramático suceso. En una riña en el anexo que ocupan los vecinos, según Castells, la mayoría ciudadanos extranjeros, se produjo un asesinato con arma blanca. En esa ocasión y alegando problemas de seguridad para los habitantes del edificio, que se encuentra en muy mal estado, el Ayuntamiento pudo echarlos de la finca, explica el hijo de Maria Dolors, Joan Foguet.

    Poco después de marcharse los primeros okupas vinieron otros y siguen llegando. Los últimos entraron hace unas semanas. Rompieron los ladrillos con los que se había tapiado una de las entradas desde la calle Vallirana y entraron. Los vecinos, asustados por el ruido, llamaron inmediatamente a los Mossos d'Esquadra, para cuando llegaron ya estaban dentro. Imposible echarlos.

    Según explica el concejal del distrito de Sarrià-Sant Gervasi, Joan Puigdollers, la propiedad interpuso una demanda a mediados del mes pasado que se encuentra ya en el juzgado a la espera de que se resuelva. Al parecer, están identificados cuatro albaneses que se dedican a la venta de chatarra y viven en la parte anexa a la casa.

    Puigdollers también explica que el distrito es perfectamente consciente –Foguet lo ha denunciado en varias ocasiones– del estado en el que está la edificación okupada y también del deplorable estado en el que se encuentra la finca catalogada. De hecho, asegura que se ha requerido en diversas ocasiones a la propiedad que actúe para evitar la continua degradación de la edificación, e incluso se ha impuesto alguna sanción por esta causa.

    Y es que otro de los problemas al que se enfrenta Maria Dolors a sus 81 años, además de la okupación, es al deplorable estado en el que se encuentra su hogar. Se considera una privilegiada por vivir en la misma casa en la que nació y que la vio crecer, pero desde entonces la finca está cada vez peor y eso la entristece.

    Entrar dentro de la casa Tosquella es volver al pasado. Techos artesonados y ricamente ornamentados, paredes cubiertas por papeles de seda con elegantes dibujos, estucos, esgrafiados, barandas con formas imposibles y retorcidas de hierro forjado o puertas de madera con relieves rematadas con vidrieras de vivos colores. Un espacio único al que el paso del tiempo le está pasando factura. Una factura de precio incalculable. Foguet explica que en los últimos 40 años sólo se han reparado unas goteras, unas mejoras que corrieron a cargo de la Diputación de Barcelona. Desde entonces no se ha tocado nada más.

    Los dos torreones que coronan el edificio están ya incomunicados. Imposible subir y admirar las vistas desde su altura. Las escaleras que conducían a ellos se han desmoronado como un castillo de naipes. La humedad está bien presente en las paredes y los bonitos papeles que decoran las habitaciones se descuelgan. El suelo donde se encuentra el inmueble está calificado como equipamiento, por lo que Foguet no descarta que con los años el destino del chalet sea una biblioteca o un casal. Esto, al menos, permitiría conservar el inmueble.

    Toda la decoración tiene reminiscencias árabes y predominan en paredes y techos motivos geométricos y representaciones florovegetales y zoomórficas, en los que destaca la presencia de renacuajos y ranas. El porche que da entrada a la casa y preside el patio en el que la inquilina tiene sus plantas tiene una cubierta de escamas de cerámica esmaltada.

    Maria Dolors asegura que la casa era preciosa. Lamenta la situación en la que se encuentra ahora. Su padre, Antonio Tosquella, encargó al arquitecto Eduard M. Balcells la construcción de un chalet de verano en Sarrià-Sant Gervasi. Se edificó una casa de dos plantas, una al mismo nivel que el acceso desde la calle Vallirana –donde vivían Maria Dolors y su marido, que murió hace dos años– y otro piso inferior con acceso desde el jardín en el que vivían sus padres.

    Cuando se casó decidió pagar un alquiler a sus padres y continuar viviendo en la casa en la que nació. "Mi madre me firmó un contrato de alquiler. Y menos mal, porque gracias a él puedo continuar aquí como inquilina", recuerda.
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    Pasaron los años, y un día llegó un promotor. Eran los años setenta, se estaba construyendo la ronda General Mitre: "Nos prometió el oro y el moro por la finca con la condición de tirarla al suelo". Ella lo pudo evitar. Aceleró el proceso, que por otro lado ya estaba en marcha, para que declarasen la casa monumento histórico-artístico de interés provincial. Lo hicieron el mismo día que protegían el hospital Sant Pau y la editorial Montaner y Simón y, así, se impedía que el edificio fuese derribado.

    El resultado: Maria Dolors fue desheredada y al morir sus padres sus dos hermanos heredaron la casa. "Me siento orgullosa de haber salvado la casa, pero es una losa pesada el hecho de que te deshereden", dice con cierto resquemor, a pesar del tiempo pasado desde entonces. La herencia ha dado muchos problemas. Una casa de este estilo es un pozo sin fondos.

    Al final y después de 20 años de problemas entre los dos herederos, una sobrina es la propietaria. Al menos eso es lo que piensan Foguet y su madre, quienes sospechan que una inmobiliaria ha hecho una opción de compra sobre la finca. Entienden que es muy costoso acometer las obras que se necesitan y, en parte, disculpan a la actual propietaria.

    Maria Dolors dice que hace semanas que no sale a la calle. Le duelen las piernas y no puede caminar mucho. En la situación en la que está, a pesar de su carácter afable y alegre, tampoco tiene ganas de muchas fiestas. Con las que tienen algunos días sus vecinos ya tiene bastante.

    Las noches las pasa en vela mirando la tele y vigilando a los okupas y aprovecha para dormir cuando sale el sol. Una chica le ayuda por las mañanas a cocinar y limpiar un poco la casa y le hace la compra.

    Antes cuando me encontraba mejor, salía un ratito a la peluquería. "Cogía un taxi y me iba junto al mercado del Ninot. Ahora ni eso. ¿Usted conoce alguna peluquera que venga a casa a peinar?", pregunta, mientras enseña con orgullo las numerosas fotos que abarrotan las paredes de algunas de las estancias.

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    fuente:vanguardia
     
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  2. stw

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